“Desde el extremo de la tierra clamaré a ti; cuando mi corazón desmayare. Lévame a la roca que es más alta que yo, porque tú has sido mi refugio y torre fuerte delante del enemigo." — Salmo 61:2-3
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El joven que vio los árboles, parte 2.
¡Nina! ¡Nina! ¿Ya estás sana? ¡Nina, Nina! ¿Ya sanaste? Nina… Cristo te ama. Te ama con toda Su vida. murmullo del 5 de enero del 2024.
23 Jesús tomó de la mano al ciego y lo sacó fuera del pueblo. Le mojó los ojos con saliva, puso las manos sobre él y le preguntó si podía ver algo. 24 El ciego comenzó a ver, y dijo: —Veo a los hombres. Me parecen como árboles que andan. 25 Jesús le puso otra vez las manos sobre los ojos, y el hombre miró con atención y quedó sano. Ya todo lo veía claramente. Marcos 8:23-25
Este es, hasta aquí, el primer récord de Jesús haciendo un milagro que de alguna manera no es completado a la primera. No tengo otro en mi acervo mental. Éste sábado que pasó me tocó leerlo en la lectura con mi familia, y me enojé. Mucho. No lo entendí.
“¿Por qué no puedo sanar?” “¿Por qué no sanaste al joven que vio los árboles?” A la primera, porque sé que lo sanaste… pero yo llevo años pidiendo algo que no… algo que a veces pienso que no quieres dar.
Irlanda, Suecia, Estados Unidos, Alemania, y por supuesto mi amado México:
Si son reales las entradas, estos son los lugares donde últimamente han leído el blog con constancia. Hoy pido una bendición especial para cada uno de ustedes que lo han hecho, en el Nombre de Jesús; que aquello que están buscando puedan encontrarlo en Su rostro. En Su rostro donde verdaderamente residen todas las riquezas del mundo.
Esto también lo pido para ti, ahí en donde estás, que estás leyendo en este preciso instante.
En el nombre de Cristo Jesús, amén.
21 de agosto, 2024.
“Nina, estás sana.”
Murmullo poco antes del verano, este año, cantado por mi sobrino más pequeño.
No sé ni cómo empezar. Ayer comí trigo. Antier maíz. El domingo jitomate. Y el sábado un poco de ensalada de atún que tenía papa.
Si has leído posts de inicio de año o más antiguos, podrás imaginarte lo que eso significa:
Esos eran los alimentos que me hacían daño. El tipo de daño no era broma, más de uno lo llegué a probar a lo largo de estos 3 años después de que empecé las eliminaciones y los resultados eran desastrosos, desde boca hinchada, sibilancias, hasta otros más escandalosos y dolorosos. Nunca en mi vida me hubiera imaginado que alguno de ellos habría yo de volver a probar, mucho menos comer una porción adecuada, en toda mi vida. Si es lo que quieres de mí, eso te entrego como una ofrenda. No tengo más que dar, pero no voy a pelear contigo por los linderos que quieras ponerme; si no vuelvo a comer uno solo de esos alimentos y mi dieta se queda para siempre estricta y escasa, lo acepto en Tu nombre. Te quiero honrar a ti. Así lo he orado desde el 2022 a este año, cierta de que para tanto tiempo, oración, prueba y caída, eso era lo que Él quería, lo que había hablado. “Sana, pero sin entrar en contacto con ciertos alimentos.” Ese tipo de cosas salen en la Biblia, Juan el Bautista comía solamente dos tipos de alimentos, Sansón tenía un mandato de evitar otros (y no cortarse el pelo), aún del mismo Señor Jesús se habló en los profetas que no comería nada salvo miel y mantequilla, si no mal recuerdo, hasta que aprendiera a elegir entre lo bueno y lo malo. Yo supuse, con toda mi fe y todo mi amor, que para ahora ese tenía que ser mi destino; especialmente después de tanto pedir y ver solamente una sanidad dentro de los linderos de mi tierra. A veces uno entrega cosas así porque ama al que sigue, y cree en Aquél a quien espera… que es Bueno. Prometo que ya no me importaba, llegué a un equilibrio tal, que por todas las noches de dolor y confusión, los ataques de tos con sibilancias, etc., empecé a preferir caminar bajo mi nuevo orden de vida, adquirido y perfeccionado en estos 3 años que han pasado.
Me he sentido débil, y triste, insegura, a causa de lo autoinmune que entinta todo el tema de mi salud todo lo que va del año. Siempre me imagino lo que deseo, la vida que siempre deseé, comparada con la expectativa que una enfermedad de ese tipo puede ofrecer; debilidad, cansancio, problemas con alimentos, y muchas otras cosas mucho más tristes y delicadas. Hace como un mes, de regreso a la casa, me imaginé a mi misma diciéndole justamente eso a la figura del que en mi imaginación en ese segundo sería mi futuro esposo, ya ven que soy bien imaginativa. “Te podría ofrecer toda una vida, hasta donde esa me de, y todo mi esfuerzo, mi amor… pero no sanidad completa, no mucha fuerza, tal vez tampoco hijos,” y había una cuarta que no puedo recordar. “¿me eliges aún así?”
Tengo meses sabiendo que lo que más deseo es que alguien me elija irrevocable, e irreparablemente. Implique lo que implique. Después de esa noche le llevé toda mi debilidad al Señor. Él me ha elegido así toda mi vida, así y peor, muriendo. Y lo entregó todo para hacerme volver a respirar, esto es lo que hablo todo el tiempo, pero de lo que no había nunca hablado, porque no lo conocía, era esto:
Todo empezó el domingo previo al 25 de julio, mi cumpleaños. Ese habría sido entonces, revisando el calendario, el domingo 21 de julio. Tres semanas, habían sido tres o cuatro semanas de debatirme acerca de una idea alienígena que me había subido al corazón, que es súper engañoso, sobre comenzar a ir a la iglesia. ¡A la iglesia! ¿Yo? ¿Uno de los lugares de los que en este mismo año bromeé que primero verían un ateo ahí, que a mí? Y no era cuestión de ir a una iglesia, solamente así, sino a una específica. Una muy específica y no otra. Pues estuve esas tres semanas pidiendo confirmación, que llegó en forma de mí, con una mala noche a causa de la salud, logrando quedarme dormida en cama de mi mamá mientras preguntábamos las dos angustiadas por qué me sentía mal esta vez. ¿Por qué no mejoro, Papá? Ya sé, ya sé, comí algo contaminado. ¿Qué fue esta vez?
Para mi sorpresa, esa noche soñé con una cinta de mi vida, y alguien que me decía que bien había yo aprendido a soltar, esconderme, huir, y todo otra vez. Yo asentía, en mi sueño. Pero la buena alumna no se esperaba lo que seguía… “no le canceles a tu visita del sábado, y-” mostrándome una imagen de la iglesia en cuestión, por la que había preguntado durante casi un mes, la vi ahí en la cinta de mi sueño. Me sentía tan mal, que había pensado en cancelar un compromiso ese sábado; porque era jueves, y para lo mal que me sentía ya sabía que dos días de recuperación no serían suficientes como para atender a alguien más en casa. Ahí en el sueño, me empecé a sentir enojada. No por la instrucción, sino porque sentí que una vida entera se me había ido entre los dedos, no porque yo así lo hubiera querido, pero bien me había escondido ya buena parte… a causa de la salud. Tal parece que cuando ya estoy cómoda, cuando he llegado a estar en paz con lo que tengo delante de mí, he sido llamada a cambiarlo. Así fue como terminé yendo a esa congregación en la que este domingo se cumplieron 5 asistencias seguidas.
Me alisté, ese 21 de julio, para ir, pero molesta. No quería ir como me estaban mandando y cuando mi mamá se alistó entonces, de malas también, y tomó el carro para ir conmigo, yo todo el camino me fui gritando que no quería ir internamente. Soy bien sencilla para el Señor, ¿notan? Como miel sobre hojuelas. ¬.¬
Como una cama de clavos, más bien.
Cuando llegué, me dieron la bienvenida con los elementos para la Santa Cena. Jugo de uva Jumex y un cuadrito de pan. Fue como una burla, pero inmediatamente lo supe como una prueba para mi ser entero; espíritu, alma, y cuerpo. Qué tino, ¿no crees? Que de todos los días, ¿fui convencida de ir en ese en el que comerían algo? Que en el lugar de donde salí hace diez años, en el verano del 2014 porque habían probado su poca fe y yo tenía tanta menos que tuve que huir por mi vida, ¿ahora hubiera sido llevada a tener fe yo, por principio de cuentas?
No puedo hacer la Santa Cena, Papito, ¡No puedo, lo sabes! Estas son cosas que no como.
Jugo = Jarabe de Maíz de alta fructosa
Cuadrito de pan = trigo = GLUTEN
Recibidos los elementos, entré con mi mamá y mi hermana. Somos como las llaneras solitarias. A mi mamá la llamaban así cuando era más joven, sus hermanos. Aunque ese día hubo tres llaneras solitarias que estaban juntas. Y el que las llevó de la mano y a la fuerza, claro, que las hace estar lo opuesto a solas todo el tiempo. Todo estaba oscuro, y el conocido tiempo de alabanza había iniciado. Desconocido se hizo en ese instante, conmigo llorando sin que nadie viera porque lo más elemental de una relación con Él, afuera no puedo ejercerlo porque no tenía los elementos adecuados, mi panecito de arroz sin gluten, y mi milímetro de vino sin jarabe de maíz; como cada viernes. Si ya había tomado Santa Cena dos días antes, como cada semana, ¿no podía saltarme esta?
No puedo hacer la Santa Cena. No puedo hacer la Santa Cena. No puedo hacer la Santa Cena. No puedo hacer la Santa Cena.
¿Papá?
Se lo dije como mil veces, llorando; el no quiero ir de los diez minutos de trayecto, sustituido por el no puedo hacer la Santa Cena.
Ese fue el día en el que algo dentro de mí cambió irremediablemente. Ahí, donde estaba parada, supe que Él me estaba probando. Probándome para todo lo que se acerca, lo que sigue para nosotros. Mi no quiero, y mi no puedo, de aquella vieja letanía de la que ya he hablado antes, no quiero, no puedo, no tengo, se rindieron al sonar la voz del Único que tengo para mi vida, cuando me puso las nuevas bases para mis decisiones de ahí en adelante. Tenía que tener fe. Fe inquebrantable, ahora que Él lo pedía, porque esta no era una de mis pruebas, sino una de sus obras.
Pues la alabanza pasó, y la predicación también, y tal vez un día hable sobre eso, pero no hoy. Suficiente digo con que hemos seguido yendo de ahí a hoy. Yo, esa que ha bromeado tontería tras tontería, creciendo. Cuando inició la Santa Cena, abrí mi pan. Se lo di a mi hermana que no podía abrir el suyo, y cuando logré abrir este, sin pensarlo más, lo mordí. Luego bebí un sorbo del jugo. Ese día, antes de salir de la casa, había concertado con mi mamá en que hay lugares que le van siendo dados a cada hijo de Dios, concernientes a esas moradas espirituales donde también habitamos. Cada quien los puede ir viendo con el Señor a su tiempo y con fe y búsqueda y clamor… y silencio, también. El lugar que yo vi el 22 de mayo del 2023, por ejemplo, ese domingo 21 de julio del 2024, fue uno de esos que en mi caso tiene que ver con la sanidad. Cuando regresé a casa después de la Santa Cena, habían pasado como 4 horas, y fue claro cuando empecé a sentir las náuseas. Habían sido moronas, y ahora tenía algo de náuseas. Temí que el dolor y lo demás estuvieran cerca, a las puertas. Después de todo ya conozco mi propio patrón. Cuando el malestar comenzó a acrecentarse, ahí me vi, donde ese 22 de mayo. Fue cuestión de unos segundos el recordar lo que ahí había sentido, escuchado y descubierto; la ausencia del dolor, la paz, mi canto llegando a ese mismo lugar, y la certeza de que era vista y escuchada justo ahí… y entonces aquí, el 21 de julio más de un año después, de alguna manera mi cuerpo escuchó por primera vez. El malestar tendió a bajarse esa tarde. Así como así. Tan sencillo. Pero no, a mí también me ha tomado toda la vida llegar aquí.
El siguiente día clave en estas semanas, fue ese día cuando publiqué “El testigo indeseado” el 3 de agosto de este año. Alrededor de tres días antes, nos llegaron noticias poco favorables acerca de cosas que hablo ahí, y yo estuve todo el jueves meditando, silenciosa, acerca de lo que estaba sucediendo ahora. Intentando entender, intentando no asustarme, intentando no enojarme. Esa noche, de jueves a viernes, me soñé en un lugar oscuro, sola, igual de meditabunda que el día anterior. “Tienes un mensaje que dar, cuando lo des, vas a salir de aquí” Ese viernes desperté escuchando la introducción a ese escrito que se convirtió en la publicación indicada arriba, “El testigo indeseado”. Dos días me tomó escribirlo, el único elemento donde he dado datos completos acerca de una de las dos problemáticas más fuertes de las que he participado en mi vida, cuyos resultados y consecuencias vivo hasta hoy. Siempre he hablado de esta, como de la de mi papá, de manera muy efímera, pero en esa publicación no. Ahí conté todo como hasta ahí lo vi, con todo y que algunas cosas faltaron, y otras tengo que explicarlas con más claridad. Cuando me fui a dormir ese sábado, tras haberlo subido al caer la tarde, sentía mi cabeza como ligera. Me dolía de tanto recuerdo y recuento, pero al mismo tiempo la sentía ligera.
“Ya no te vas a sentir mal.” Esto lo escuché cuando me estaba acomodando entre las cobijas, tras haberme acostado. Uno podría pensar que he enloquecido completamente, joven como estoy, si no fuera porque cuando oigo estas cosas, suelo esperar a ver si se comprueban y cada vez lo hacen. Cuando desperté a la mañana siguiente, fue con la noticia de que varias en casa se habían sentido mal, cosa que asumimos fue espiritual, pero yo no. Fue después de ese día, cuando todo cambió de manera inconfundible.
Otras tres semanas se suscitaron antes de este sábado, en las que cada que veía una mesa servida con cosas que no puedo comer, que es cualquier mesa, en realidad, salvo las de mi casa, escuchaba un “Prueba algo.” Obviamente no lo hacía. No lo hice.
No lo hice hasta este sábado, en un evento para los abuelos (acompañando a mi mamá con sus nietos), en el que entrando al comedor con mi familia, vi la mesa larga de platillos mortales para mi, sin poder hacer siquiera un recuento de los que había, y lo volví a escuchar, “Prueba algo.”
Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores.
3 Jesús tomó de la mano al ciego y lo sacó fuera del pueblo. Le mojó los ojos con saliva, puso las manos sobre él y le preguntó si podía ver algo. 24 El ciego comenzó a ver, y dijo:
—Veo a los hombres. Me parecen como árboles que andan.
25Jesús le puso otra vez las manos sobre los ojos, y el hombre miró con atención y quedó sano. Ya todo lo veía claramente.
Marcos 8:23-25
Elegí mesa, junté sillas, vi a mi familia servirse de lejos, acomodé mi bolsa, observé a los asistentes sin hacer contacto visual con nadie, me senté a esperar a mi familia. Cuando llegaron, los vi comer un rato. Había desayunado bien, obviamente, para no tener hambre afuera.
Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores.
“Prueba algo.” Y entonces miré a mi mamá. Ella se había servido atún del hecho en casa. Hecho en casa, pero yo no lo puedo comer por los ingredientes, respondí al pensamiento. Mi mamá probó su comida, y yo la miré. No sé cómo es que me ofreció su cuchara. Cuando la tomé, le pregunté, “Tiene papa, ¿verdad? ¿Entre la verdura?” Ella hizo memoria y las dos asentimos. Comí un bocado normal, ni pequeño, ni grande.
Por alguna razón esperaba no sentirme mal. Lo esperaba. Mi alma lo esperaba, mi espíritu lo sabía, y mi cuerpo lo presenció. No lo hice.
El domingo vi el jitomate de mi sobrino mayor y me comí un cubito, solamente anunciándole a mi familia que lo haría y para el lunes le pedía una tortilla a mi mamá de regreso de los juzgados. Ella y mi cuñado se detuvieron en la central de abastos para comprarme las más libres de cualquier cosa altamente industrializada y me compraron un kilo. Solamente tomé una, y no pasó nada; dormí bien, desperté bien. Ayer, probé trigo, y le anuncié a mi familia que había enloquecido, yo había tenido un plan por si las cosas cambiaban y volvía a poder comer, si el Señor me llamaba a volver a comer, si acaso redimía eso también:
lo haría poco a poco, no comiendo trigo de lleno, sino algo con la misma proteína, estructuralmente hablando, pero menor, como avena. Bien planificadora, yo. Pues ni eso quiso Él, a la hora de la hora. Hoy escribo tras haber pasado la noche de eso, y dormí la noche completa. No hubo enfermedad, no hubo dolor, no hubo nada.
¿Sabes lo que eso significa?
Ese es mi pronóstico, que soy sana.
Vuelve y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: «Así dice el Señor, Dios de tu padre David: “He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas; he aquí, te sanaré. Al tercer día subirás a la casa del Señor.
2 Reyes 20:5
Eso lo recibí dos o tres veces entre el 2022 y el 2023. Esa, ha sido la porción hablada para mí desde ese tiempo y simplemente yo no entendía la calidad del proceso. De mis tiempos, Sus tiempos.
Me llamó a Su presencia ese 21 de julio, allí donde no creía que lo vería alguna vez, a tener fe para salir de este lugar en el que Él mismo me había puesto y ahora me dejó salir, con todas sus instrucciones, y todas sus enseñanzas, y la muestra, han sido estos 4 días.
Sigo esperando en Él con respecto a todo esto, pero lo he visto en medio como nunca antes me imaginé que yo, en específico, llegaría a verlo. Si siempre creí que podía, pero que no quería conmigo en específico, hoy tengo una obra que no puedo esconder que me dice lo contrario.
Hoy, mucho de lo que aquí en este blog he escrito que creo, que espero, y que deseo, aun, añorando como la vida misma, Él me mostró que puede, quiere y ha hecho.
Y seguirá haciendo.
Sobreviviendo desde esta esquina de la tierra, sí, pero no. Viviendo, desde esta esquina de la tierra, si un día me ven completamente plena y adornada, sepan, sepan, que es por Cristo. Ciertamente Él lo redime todo.
Y sepan, también, que si puede y quiere conmigo, ahí donde están ustedes aplica lo mismo, si de casualidad buscaran que todo cambie para siempre… si llaman. Si lo necesitan.
No moriré, sino que viviré y contaré las obras del Señor.
Pero cuando el Hijo de hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?
-SFTS
PD:
Si te mandé esto directamente, sabe que no fue mi idea. Tal vez soñé contigo como hacía eones no me pasaba, y desperté con una instrucción que quise de entrada no obedecer, ni siquiera tenía publicación que enviar y apenas la termino aquí. No fue mi idea, sino de Uno más alto que entiendo que te ama mucho. Él es ese lugar incondicional a donde puedes correr en el día indicado.
[…] son cosa muy muy alta. Que las noches de enfermedad y pánico se acabaran, es indescriptible. Ya no tomar un solo medicamento y seguir viva, contrario a las palabras de todos los médicos, no lo puedo ni entender por completo. Que pueda orar […]
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