“Eso es un muerto, yo no lo quiero.“
Hay una cosa que como personas de bien tenemos que saber:
Hay veces en la vida en las que no podemos elegir si queremos algo o no y esperar, al mismo tiempo, que todo salga como deseamos, como esperamos. No se puede porque como seres humanos somos tan imperfectos, tan egoístas, tan injustos por naturaleza, que cualquier destino de bien queda siempre a kilómetros de nosotros. A menos de que, dejando de lado la humanidad, en un segundo de lucidez pura, decidamos hacer lo que no queremos y quedarnos y verlo llegar a término. La resiliencia no tendría que ser una buena característica que pedir en un currículum, mucho menos una virtud que pocos, los más golpeados todo el tiempo, generen como si fuera un superpoder. Tendría que ser la número uno lucha, respuesta de uno, para no dejarse vencer por el sistema y correr hacia la Luz… dejando nuestra voluntad venenosa de lado. He aprendido que nuestra peor cadena es este libre albedrío que del cielo nos regalaron. Y nos ata hasta la tumba si no nos encontramos con la Luz; pero ese será tema para otra ocasión.
“Es un muerto y yo no se lo voy a aceptar a mi papá.”
Así empezaron las cosas, y para efecto de esta crónica, contaré dónde estaba sentada yo: ahí, en el auto, en silencio, escuchando aterrada cómo la segunda hermana de cinco se zafaba de tremendo embrollo en el que mi abuelito nos estaba dejando.
¿El primero en hacerlo? Ya mi abuelito lo había corrido, había sido su hijo mayor; el que lo había acompañado toda la vida, gozando de todo como ni uno de los otros cuatro pudo jamás… cosa que no se le reprocha ni a él ni a su casa, finalmente yo entiendo de porciones, y sé que esa fue la suya. Claro que para cuando ese intentó transferir con firmas toda su parte del problema mediante notario a una viejecita senil, su propia mamá, con tal de librarse de los problemas futuros después de haber comido toda su vida de aquello de lo que ahora quería huir, mi abuelito habría de haberlo corrido. Y eso fue lo que hizo y sin dejarlo transferir nada a nadie, al menos. De cualquier manera para lo mucho que lo persigue la idea de caer en la cárcel, muy bien se ha librado toda la vida. Lo ha hecho todo para librarse, pero lo ha hecho.
Entonces, volvamos a la segunda:
Yo la escuché y solamente pude girar a ver a mi mamá. Recuerdo todo gris en ese tiempo. No la van a ayudar cuando son las cosas de todos las que están en riesgo, pensé, aterrada. Veníamos de ver a sus contadores, y yo los escuché… mi mamá también, pero nadie más quiso realmente hacerlo o pararse firme. Todavía se me entume algo en la boca del estómago que me da un jalón hacia el cuello simplemente de recordarlo. Nos van a dejar solas otra vez.
Fue fácil hacerlo, “¡No, Malita! ¡No tomes café, te necesitamos sana!” le decía esa hermana incesantemente a mi mamá, claro, literalmente necesitaban alguien que sacara a la familia del embrollo que perseguía a mi abuelito.
Dinero, cómo odio la palabra. La desprecio, a decir verdad; quisiera que como en mis libros el tipo de cambio para esta existencia fuera otro. La fe, por ejemplo. La fe, porque esa justifica… esa salva. El dinero solamente ata.
Los otros dos hermanos son un par de mujercillas. Uno viviendo en el extranjero y por decencia no comentaré los pormenores, pero siempre ayudado por mi mamá… fue el primero en llamarla ladrona, básicamente.
¿Y el otro? ¿El médico justo? El ruin nunca más será llamado generoso, ni el tramposo será llamado espléndido. Porque el ruin hablará ruindades, y su corazón fabricará iniquidad, para cometer impiedad y para hablar escarnio contra Jehová, dejando vacía el alma hambrienta y quitando la bebida al sediento. Las armas del tramposo son malas; trama intrigas inicuas para enredar a los simples con palabras mentirosas, y para hablar en juicio contra el pobre.
Mi modus operandi para ese tiempo ya estaba bien establecido, solamente fue cuestión de decirme a mí misma que teníamos que hacerlo una vez más, acompañar a mamá. Así lo hice.
Dos cosas pasaron por ese tiempo que nunca conté:
Mi abuelito me pidió que llenara el formulario para arreglar su testamento, y yo llegué a hacerlo un día después de haber estado con mamá de arriba a abajo, ella me dejó en su casa y salió a su propio trabajo, del cual ya había perdido la mitad del sueldo porque llegaba cuatro horas tarde a causa de la atención a mis abuelitos y todo lo que apremiaba con respecto a ellos en ese tiempo, salud, empresa, dinero. Yo no quería estar ahí, y realmente nunca entendí por qué lo hacia, siendo de las menores y mujer. “Todos tus primos me parecen autistas o incapacitados, no se puede hablar con ellos,” Eso me dijo mi abuelito uno de esos días, y supongo que esa sería una de las razones; él necesitaba gente para defenderse de su propio hijo mayor, el que habiéndolos disfrutado y a lo poco o mucho de dinero que hubieran tenido, que para él siempre había sido mucho, le había querido transferir su parte de los problemas a su propia mamá que ya no sabía bien ni dónde estaba la mitad del tiempo. Y bien sé ahora que es una persona de la que es natural querer protegerse, bien lo tengo aprendido ya. “Si hablara con su pastor con cuatro palabras lo destruiría,” pero ese día nunca llegó, mi abuelito ya no pudo hacer mucho para rectificar sus errores a partir de ese junio en el que lo hospitalizaron.
“¿Fuiste con tu mamá a la planta?” me preguntó ese día en su cuarto, mientras me acomodaba a la mesa con los papeles en frente, para leérselos.
Yo supongo que es aquí donde otra gente encuentra la ventana para aprovecharse… yo solamente fui tonta. Tonta por amor, agregaría hoy… o temor. Ese temor que es piedra angular de la sabiduría. Miré a mi abuelito y asentí, aterrada como llevo años.
“Bien, bien,” me sonrió él, su nariz aguileña y tez morena están tatuados tras mis párpados hasta hoy, porque ese verano aprendí a amarlo, lo amé tanto a pesar de que no pude pasar una vida creciendo más cercana a él… porque ahí pareció haberme amado él a mí, y pobre de conexión humana como yo estaba… pero aún así se fue y nos dejó a mí y a mi mamá, y a mis hermanas solas. Solas. Él también nos falló, porque creyendo que nos ponía en una posición de bien porque había dicho que quería vernos bien, nos puso en el blanco de todo y todos. Lo que no tenía que haber sido, siendo. “tu mamá va a necesitar ayuda; es bueno que la acompañes.”
¿¡Cómo rayos iba a ayudar a mi mamá!? Por cada día de esos tuve una noche de dolor y pánico después. Y ella las ha sufrido todas. Lo siento tanto…
Yo bajé la mirada y tomé las hojas que me señalaba, indecisa, me sentía completamente inapropiada… pero los apropiados todos estaban, una, manifestando riquezas en una red piramidal y tomando en robo hormiga el dinero escondido que su mamá guardaba en los vestidos, dejando que despidiéramos injustamente a la enfermera en turno a causa de la pérdida, otros, de viaje en Croacia, y el último buscando cómo quedarse todo lo que había pertenecido a su propio papá, eliminando a sus hermanos como si hubiesen sido nada, toda su vida. “Temo que *inserte nombre del hijo mayor que quería quedarse todo aquí* me quiera hacer daño,” me había dicho mi abuelito uno de los días anteriores, “si se mete a la casa cuando no esté nadie no me voy a poder defender de él.” Ese día corrí a decirle eso a mi mamá y se cambiaron las cerraduras en un instante, ese día también, se me hizo la costumbre de quedarme ahí cada que mi mamá ya estuviera en la oficina de las tardes, para cuidarlos lo que más pudiera… porque veía la casa llena de trabajadores y a ellos dos solitos… y no estaba en paz. Entonces me quedaba.
“Léemelo,” me decía ahora, y yo solamente abrí el documento.
Nombre, datos esenciales, número de herederos… y ahí lo hice:
“Nombre de los herederos,” le dije a mi abuelito, y su respuesta me hizo girar a verlo, en silencio.
“Tu mamá, y los tres menores,” aunque lo pongo así porque no estoy utilizando nombres. Él me miró decidido.
Yo lo miré inquieta y volví los ojos al papel, pensando. Lo que él pensaba no funcionaría, de cualquier manera.
“Abuelito, no,” le dije, y él negó, repitiéndose.
“No quiero poner al mayor. Ya no.”
¿Sabían que ese mayor nos pidieron el lunes 13 de junio que no lo dejáramos a solas con él? Mi abuelita, en un momento de claridad, y mi abuelito por puro terror. “Si va a querer hablar de la planta y de la herencia a su papá mientras está en terapia media, no puede estar solo con él.” fueron las instrucciones de mi abuelita. Y mi mamá lo hizo así, lo tuvo que correr del hospital, dejando a todos pensar que había sido ella cuando la instrucción había venido de más arriba y nada más y nada menos que por hartazgo. “Pero si no lo pongo es como quitarlo de la herencia, abuelito, ¿eso quieres?” le dije ese día.
“Sí.” me contestó.
Yo continué pensando. Por como salió todo hoy, a veces regreso a ese instante, y aunque sé que no lo cambiaría… juego con el hubiera. Tal vez al menos ese golpe de maldad mezquina habría podido dar yo, tal vez por todo el daño, futuro y pasado. Después recuerdo el amor que me movió en ese día a detener mi mano, y lo veo extender su mano hacia la mía y tomarla, adornándome como jamás imaginé posible… y sé que fui salvada aún ahí; de mí misma. De mi humanidad, de mi libre albedrío. “No abuelito, eso no está bien, es tu hijo,” y cuando comenzó a negar, listo para debatir su postura, yo continué hablando, “además, en la universidad aprendí que eso ni sirve. Hijos son todos los que hayas tenido, y en el juzgado los cinco serán protegidos como tal.”
Qué risa tan amarga, con llanto entreverado hoy. En el juzgado no han sido protegidos los cinco… pero como es mi mamá la siempre raspada, y eso es lo que ellos quieren ver todo el tiempo, no importa. Al menos hablé justicia aún si aquellos para los que la pedí fueron los primeros en levantar las armas cuando sonaron los cuernos de guerra.
“¿A dónde fue tu mamá?” me preguntó mi abuelito cuando anoté los nombres de sus cinco hijos y terminamos de llenar su documento.
“A trabajar.” Le dije. Él solamente sonrió con esa sonrisa que nunca entendí.
No dije más a sus comentarios porque no me gustaba verla ayudarlos todas las mañanas y correr a la oficina todas las tardes, no me gustaba que su jefe que alguna vez había sido su amigo le hubiera bajado el salario por ello, pero era obvio que lo haría… nadie es amigo cuando se trata de dinero. Menos hermano, al parecer.
“Tienen que despedir a tal y a tal y a tal cuando yo ya no esté. Que vender la planta sea el último recurso, porque pueden ponerla a trabajar,” él sabía que algo saldría aun si no podía olvidar, al lado de mi mamá, que todo ahí estaba acabado y sin remedio. Y que aunque lo deseaba, ya no tenía tiempo para rectificar nada.

Casi a los seis meses de eso, a unos días de su último día con vida, (ya mi abuelita nos había dejado), ¿sabías que tuvo que rogar a un amigo para que le comprara algo de la planta? Mi mamá lo llevó en su silla de ruedas, y lo describe enmorenecido e hinchado, y con un frío espantoso. No logró calentarlo. De ese nivel de mal estaban las cosas, así de vacías estaban las arcas. Definitivamente los buenos días de ese lugar no los vivimos con él jamás… eso solamente los otros porque aún del dinero que les había adelantado a sus cinco hijos, años antes, (mucho más para el mayor, como era de esperarse), mi mamá había sido la única en devolverle al menos la mitad para que él pudiera ponerse de nuevo en pie cuando todo se le vino abajo. Pero como fue ella, tampoco importaba, no importaba aun si ella daba todo lo que tenía, no como su hermano mayor que dio la misma cantidad, pero por haber sido más alta la suya desde el inicio, nunca le afectó igual.
Ese amigo le compró una factura de la cual solamente una comisión muy baja de la ganancia le pertenecía a mi abuelito… pero él la utilizó toda para pagar su última hospitalización y las diálisis. Esa fue su última semana de vida.
Para el martes ni mi abuelito ni el dinero que le habían prestado estaban más.
Eran nueve mil o doce mil pesos los que habían quedado en la cuenta, y tal vez una decena, si no mal recuerdo, de empleados en la planta. Y una deuda privada entre mi abuelito y un acreedor, generada de los arreglos en el lugar tras una explosión en el 2008. Hasta ese punto, ese acreedor se entendía dueño de la fábrica, he ahí uno de los dos problemas más aterradores y sin salida del lugar; el acreedor la tenía ocupada hasta la médula. “La planta es para los muchachos,” se había ido mi abuelito diciendo, pero entregándole a mi mamá una lista de cobranza de dicho acreedor más pegada a una veintena de millones que a otra cantidad. Con ese ahí, ni sus cinco muchachos ni nadie más la habrían vuelto a ver.

Esa imagen de ahí sirvió de broma entre mi mamá y yo porque todo de ahí en adelante se hizo así.
“Ya no quiero que me pague mi salario el Sr. Acreedor,” nos dijo la empleada más cara y antigua casi terminando el funeral; habíamos velado a mi abuelito horas antes, pero la vida no se detiene ni para esas cosas, al parecer. El salario de esa mujer era alto, y con todo y que de cuarenta años de relación laboral con mi abuelito, solamente 8 eran comprobables, su liquidación era impagable con doce mil pesos. “Y el Sr. Acreedor espera su pago de la factura que produjo hace poco,” esta en cuestión, era la que el amigo de mi abuelito había solicitado y pagado, una parte del pago había sido de mi abuelito por la producción, creo, y la otra por los materiales, la verdad nunca entendí sus arreglos y mi mamá menos. En fin, la que había utilizado mi abuelito para su último hospital y tratamiento; la que ya no existía.
Era enero. Tras haber calculado la impagable liquidación de la señora Mara, llamémosle, mi mamá decidió que lo mejor sería buscar la manera de pagarle y seguir con el flujo de todo, por el momento. La primer quincena se completó por golpe de suerte, porque el Acreedor finalmente producía ahí y algo entraba cada vez, que alcanzaba para pagar a los empleados, las multas de hacienda por los impuestos atrasados de mi abuelito, y los impuestos corrientes. A duras penas lográbamos facturar las casetas y gasolinas de mi mamá, porque ir diario era un gasto insostenible, la planta quedaba a una caseta y 32km de distancia de donde residimos. Ella seguía yendo a su trabajo de las tardes… y todo era un desastre. Yo ya buscaba trabajo, como la universidad nos había indicado. Aquí la acción de los hermanos fue la siguiente:
El mayor, ni sus luces.
Mi mamá, la segunda de los cinco, ya más de una vez expresamente había solicitado compañía para ver todo, ver lo que seguía, ver cómo responder al mundo que le habían posado encima… porque en ese punto ni uno de los problemas que había dejado mi abuelito parecía broma, o de fácil solución. No fue necesario hacerle caso y simplemente prestar su presencia, costara lo que costara como ella había hecho, no, sino que más bien:
La hermana que no había querido el muerto, envió a dos amigos suyos a ver la planta para “ver cómo encenderla,” ambos salieron de ahí desalentados porque ver como encender la planta no era lo que se necesitaba, esa se encendía y apagaba cada que el Acreedor quería, como cualquier otro cliente que tocara las puertas, si alguno lo hacía, y los empleados ahí estaban, listos para responder. Pero nadie más lo hacía. No había entrada fija de nada, y lo que se juntaba cada mes ya tenía a sus legítimos dueños, los empleados y las deudas pasadas y corrientes, más lo que mi mamá pudiera facturar para continuar pagando sus trayectos sin golpear sus 7000 mensuales de la oficina con su amigo, su trabajo de las tardes.
El hermano en el extranjero, comenzó a asediarla con el pago de unos boletos de avión para un vuelo que mi mamá le rogó que no hiciera, porque mi abuelito ya no vivía, y porque no había dinero en las cuentas para pagar treinta mil pesos. Si le pagaba a él, ya no le pagaba a nadie más cuando entrara algo de lo que entraría cada mes. Sigo sin entender cómo nunca pudieron captar eso. Ah, creo que es porque nunca quisieron entrar con ella al fuego.
El médico… fue el más brillante. (Nótese el sarcasmo.) En lugar de subirse a su auto e ir, con ese ímpetu que siempre demuestra, ¡A la lista de empleados que no podíamos bien ni sostener intentó agregar uno nuevo! Enviando nada más y nada menos que a un conocido suyo que entrando a la planta le pidió un salario de 30,000 pesos a mi mamá. Ella no se pagaba ni una tercera parte de eso de viáticos porque NO HABÍA DE DÓNDE. Una cosa aprendí de todo esto, y es que con los negocios propios, mucho es vivir al día y para eso hay que estar presentes. Esperar, orar, confiar, estudiar a los pies de Aquél que es nuestro Ayudador y Justicia… Legislador y Rey, para que nos salve.
Por eso los llamo mujercillas. Porque fajarse los pantalones para entrar al fuego con mi mamá a ver qué seguía, o en qué terminaría todo, juntos, en orden, no quisieron. ¿Pero asediarla a ella y manchar su nombre, y pisotearla después? Eso claro que sí. Después de haber enviado a sus sanguijuelas en sus nombres, no volvieron a contactarla con lógica y sentido.
Está confundiendo peras con manzanas.
Es muy cuadrada.
Si ya encontró un lugar para estar pues que se quede ella, que sea una abuelita feliz.
Yo voy a firmar que no firmo.
Todo lo hablaron ellos, mientras nosotras veíamos la ola crecer en frente, solas. ¿Si ya encontró un lugar para estar? Recuerdan el “¡No malita, no tomes café! ¡Te necesitamos sana!” lo dijo la misma persona, la que no quería el muerto porque no quería problemas, porque lo que los contadores habían planteado a nuestro grupo ese verano era peor que problemas. Si Hacienda lograba fincar alguno de los dos créditos fiscales, estábamos perdidos, y una de las sociedades los tenía a ellos como socios también; por eso mi abuelito pidió todos los cambios en el testamento, no solamente por el capricho de desquitarse con su hijo mayor, cosa que al final logré que no me pidiera más. Según el fiscalista, lo mejor que podíamos hacer era estar y esperar. Atender cuando requirieran, pagar cuando se pudiera, y cesar funciones en esas sociedades a la brevedad, sin desaparecer de la escena. Hoy entiendo que en Hacienda llevan años persiguiendo al hijo mayor, y mi abuelito creo que me lo dijo entre líneas. Pues hicimos como el fiscalista dijo, no desaparecimos. Los empleados iban, el acreedor producía algo, pagaba, pagábamos, íbamos al pueblo a pagar multas a Hacienda, y lo corriente, juntábamos para algunos gastos, la empleada más cara cobraba lo último que mi abuelito se había gastado, y nos recordaba que no todo había sido suyo para gastar, mi mamá intentaba explicarle que no había de dónde producir ese dinero y pagarlo, que le dijera al Sr. Acreedor, y por cierto, si tenían tanta urgencia que entonces enviaran más trabajo o algo, para salir del hoyo que se seguía cavando, y todo volvía a empezar.
En mayo yo tenía una entrevista y mi mamá y yo nos atrevimos a tomarnos el día para llevarme del otro lado de la ciudad. ¿Qué mamá no querría salvar a sus niños de tremendo desastre? Con todo yo no quería dejarla sola, pero hice mi mejor esfuerzo. “Si llegaron aquí, son gente muy brillante, nuestros filtros son difíciles a propósito,” nos dijo la reclutadora a los cuatro o cinco que quedamos tras pruebas y más pruebas, y yo creí estar a nada de ver el sol salir. “ya tenemos lo que necesitábamos, solamente queda que dos de ustedes presenten en el corporativo de Mattel para entrar. A los seleccionados les enviaremos un correo.” Claro, dos entrarían, y dos no. Solamente me quedó rogar ser uno de los que sí.
Abajo, mi mamá esperaba. “Uno de los empleados se quemó en el proceso del Sr. Acreedor.” fue con lo que me saludó, yo giré a verla aterrada. Ese seguramente había sido el castigo por tomarnos el día para algo fuera de la pesadilla de Tepeji. “Llamé a tu tío. Él se está encargando, ya lo llevó al médico, ya detuvo el proceso, mañana se continuará con orden.”
Era obvio que él sí iría, cualquier pretexto para volver, el hijo mayor lo habría tomado… y así lo hizo. Lo tomó todo. ¿Por qué no podían haber respondido los demás? Porque con una cosa nos fuimos a la tumba y fue defendiendo la postura de que ese lugar era de cinco, no de uno, no de dos y menos de Hacienda o del Sr. Acreedor. Chistoso que los que cerraron el hoyo dejándonos cubiertas de tierra, fueron esos tres por los que siempre abogamos adentro, porque el lugar era de cinco. Pero no nos adelantemos.
Mi email nunca llegó. Mattel no me quiso. El verano empezó y qué frío es este en Tepeji. En agosto fue cuando todos empezaron a llamar ladrona a mi mamá. Qué frío es el verano en general, tengo las manos heladas ahorita y no estoy en Tepeji… no hace años. Con la llegada de mi tío, yo empecé a notar que me volvería loca si no acompañaba a mi mamá aun cuando él lo hacía, después de todos los miedos de mi abuelito, sus palabras y comentarios, yo inevitablemente veía el día en el que no la viera volver a casa, y eso me habría matado. Entonces me quedaba, todavía, una y otra vez. Me quedaba…
Mi tío hizo bien el producto para Sr. Acreedor, y entonces, aunque era un proceso peligroso, ese fue el primer rayo que nos dio algo de luz. A meses de la partida de mi abuelito, y algo que ya no gestionó él. Aquí, aquí entiendo yo, que fue donde la permanencia de mi mamá abrió la posibilidad a que las cosas cambiaran. Y la ayuda de el hijo mayor. Cuando pedían ese producto, que no era todos los meses, alcanzaba tres piquillos más para las multas, los adeudos y las cuentas corrientes, los empleados, los gastos completos, y las liquidaciones de los empleados que mi abuelito había pedido que despidiéramos cuando él ya no estuviera. Tomó meses para lograrlo, y eso que esas no eran tan altas, una bicoca al lado de la de la empleada más cara. Mamá regresó hecha polvo de esa junta con sus hermanos ese Agosto. “Me dijeron que soy poco transparente,” nos dijo, “el médico estuvo a punto de golpearme, tu tío se interpuso.”
Es horrible tener sentimientos encontrados con respecto a las personas, odio, esa sensación. Ese día agradecía porque el hijo mayor algo bueno había hecho por mi mamá, guardándola de los golpes… hoy entiendo que quería él ser el único que se los diera. ¡¿Por qué rayos no iban simplemente?! A pararse ahí, ¡solamente a pararse ahí con ella y ver! Pero no, ahora veo que ella era como una suerte de empleada más para ellos, que tenía que haberlos juntado a contarles todo lo que hacía, nada de lo que dolía, y dejarlos decidir sobre su propia vida. Yo escribí furiosa en el WhatsApp de la familia, cómo me tenía harta su hipocresía, y cómo me aterraba el arte tan aprendido que tenían de no amar a las personas, entre ellos mismos. Sin amor, yo no podía ver al Señor en ellos… y nunca lo vi, lo sostengo hoy. ¿Pero ese día? También, todos sus hijos se burlaron de mí. Por cierto, esas cosas me fueron hundiendo más y más en lo que ahora entiendo fue una depresión terrible, que me llevó años más tarde a perder la salud completamente. Qué tino, ¿no? Decirle a alguien que se jacta de conocer a un Dios que realmente no conoce, y lo primero que hace es burlarse de ti en lugar de demostrarte que sí lo hace y extenderte sus brazos… o su simpatía. Uno de ellos después quiso hasta dar una ponencia en la congregación local sobre la depresión y sobre que no tiene nada de malo buscar ayuda… ¿pero está bien burlarse cuando una prima tuya está pegando un grito de auxilio y no te importa?
Les digo, son una contradicción andante. ¿Qué fue lo que casi ocasiona los golpes? Que mi mamá es muy cínica a veces, le preguntaron cuánto ganaba ella, y ella en lugar de romperse delante de ellos y decir la risible cantidad que cobraba solamente para que su casa saliera avante, porque encima de todo no había podido seguir con el trabajo de su amigo acá en su oficina, y eso significaba que su casa entera lo estaba perdiendo todo por atender la bomba de tiempo que Tepeji era, les gritó una cifra impagable. De todas maneras ellos lo han sabido todo siempre, “en tu casa no deben de comer hasta que se paguen los impuestos.” le había gritado el médico antes del intento de golpe. Por eso mi mamá fue cínica. “No soy ningún mendigo,” se había despedido después.
¿Por qué se sentían con derecho a que mi mamá luchara por mantenerles a Hacienda y a todos los demás a raya, costara lo que costara, pero no la miraron nunca como persona que necesitaba comer, paga justa por la obra que estaba haciendo sola, que ni uno de ellos había aceptado cargar con ella por cobardes, ni el hijo mayor? Hasta hoy me lo pregunto. No encuentro la razón, pero es innegable que entiendo cada día más lo que querían, que mi mamá mantuviera el terror al margen, hasta que eso la matara… y con ella atrás toda su casa. ¿Por qué? Porque es impensable cómo entiendo que querían que viviéramos, respirar solo para servirlos, pero no para vivir. Porque cualquier cosa que fuera vivir ellos la asfixiarían con sus propias manos.
Ahí fue cuando todo se rompió, pero nosotros no lo sabíamos. Los tres hermanos comenzaron a demandar a mi mamá, cosa de la que no nos enteramos hasta años después, porque nosotros estábamos allá recibiendo por primera vez un emplazamiento a huelga del sindicato, un aviso de embargo de Hacienda, y ultimatos del Sr. Acreedor.
“El sindicato se les puede meter, y no continúan,” decían los abogados, “y ya no avanzan a ningún lado.”
Todos estaban tras la tierra, eso era claro ahora. La que teníamos que proteger por pura honra a las palabras de mi abuelito, porque un día podía haber servido aún si él mismo ya no la había visto como había siempre soñado.
“¿Cómo se arregla?” decía mamá entonces.
“No se les puede seguir pagando, venían a ver a tu papá, pero no sabemos cuánto ni qué les daba, y no están felices, tiene que ir a hablar con el síndico.”
Así se hizo no una, sino incontables veces. Eso duró meses y costó, obviamente.
Cómo orábamos, aterradas todo el tiempo. Yo llegaba a la escuela tan exhausta… que cuando un profesor me quiso humillar por trabajar con mi mamá, significándole eso que yo no hacía nada, me atreví a responderle y defenderme. El profesor después solamente asintió en silencio y eso que no le conté ni los pormenores más desagradables que me tenían prendida del cuello para ese tiempo, del terror. En esos meses, mi primo mayor, el mayor de los hombres, y mayor del médico, se fue con mi mamá y tío allá a Tepeji. Yo respiré dos segundos y me quedé en casa, algo dentro de mí sabía que no iba en buen espíritu, pero algo quiso guardar esperanza aliviado, tal vez venía a tomar una posición que le correspondía y yo podría descansar, si alguien más de ellos hubiera tomado su posición, yo no habría tenido que haberme inventado tantas. No se quedó, fue, entrevistó a todos los empleados para ver cómo mi mamá se estaba robando todo el dinero que había dejado mi abuelito, y se volvió a su casa al no encontrar nada. Y nunca regresó. Qué fácil, ¿no? juzgar una situación desde afuera, ¿sin nunca haberte dignado a bajar de tu tronillo a ver, a comprobar? A probar las aguas amargas.
Pues para ellos lo fue siempre, con todo y que no estuvieron nunca. No serían tan inmaduros si se hubieran metido a soportar los sustos y golpes con mamá, las responsabilidades y compromisos. Hasta ver la Luz.
El embargo también se atendió, ahí no se podían arrancar ilegalmente los sellos como parece que el médico y los otros tres hicieron hace un par de semanas con la casa.
Mi mamá continuaba dándole largas al Sr. Acreedor cuando el año nuevo inició, porque esa era una deuda de mi abuelito que jamás se podría pagar… salvo perdiendo la planta. Hoy me imagino qué hubiera pasado si nos hubiéramos ahorrado esa molestia, también. Los hermanos nos habrían frito vivas de cualquier manera, solamente por diferentes razones.
Ahí, mas o menos, fue cuando la Luz real empezó a hablar. ‘Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo, y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.’ Ese versículo lo empezó a recibir mi mamá repetidas veces, y al principio costaba, pero después fue suficiente para seguir caminando, caminando hacia el síndico, o caminando hacia la oficina de Hacienda, o caminando a la Semarnat, o caminando con los empleados, exempleados y sus abogados, caminando al lado del hijo mayor, el alacrán.
A veces, estando al día, y con afanes, un día, de repente, todo puede empezar a cambiar. Ya nada de esto tenía que ver con mi abuelito, sino con mi mamá. Ella atendía lo aterrador, no escondiendo la cabeza en la tierra como avestruz, y le eran dadas fuerzas, abiertas puertas, y mientras la Luz hablaba, nos iba encaminando.
“El acuerdo con tu papá era que ustedes son la fábrica, tenemos sus fotos en nuestros folletos,” nos dijo el viejo Acreedor la última vez que lo vimos, “tienen que hacer todo lo que necesitamos,” porque son mi fábrica, ¿no lo entiendes niña? era todo lo que yo sabía que el hombre decía entre líneas, aunque ganas no le faltaban de decirlo letra por letra.
“Siempre lo hemos hecho, ingeniero, no se preocupe. Aquí seguimos.” respondía mi mamá.
Ya habían llenado el patio con trailers y todo tipo de equipos como reclamando territorio y mi mamá solamente navegaba las aguas sin acceder a nada, y por supuesto, sin darles lo que buscaban realmente: la planta. La planta de los muchachos.
Sr. Acreedor se levantó inconforme sin saber ser más claro porque yo creo que hasta él sabía que rayaba en lo descarado. No lo volvimos a ver. Creo que la molestia real, era que unos meses antes, tal vez, los tiempos ya se me empiezan a hacer borrosos, una clienta que iba de cuando en cuando logró que mi mamá la atendiera. Mi abuelito nunca lo quiso, esa relación laboral en específico era muy baja para él, Ingeniero como era. Mi mamá logró atenderlos unas dos o tres veces tal vez cuando él vivía, pero ya no estando él y con los compromisos como estaban… el pago de abogados, el pago de todo lo ya enlistado, ella aceptó atenderlos más formalmente. Al final ella no era ingeniera y esto que pedían no requería tanta ciencia. Re-envasar el contenido de dos tambores en porrones. Fácil. Los obreros lo hicieron y les gustó. Había hasta poco peligro.
De unos tambores mensuales, la cantidad se duplicó. Ahora mamá prestaba toda su atención a ese cliente, y por supuesto que eso no le gustó a Sr. Acreedor. Pero Sr. Acreedor solamente quería quitarnos todo y con este otro cliente no había tal corrupción, pedía, re-envasábamos, pagaba lo justo y se iba. Nada era seguro cada mes, pero cada que venía no nos amenazaba con que todo era suyo. Se me figura como cuando tienes un pretendiente tóxico con historia y uno ligero, sencillo, sin pasado. ¿Con cuál querrías quedarte si estás exhausta? ¿Qué relación querrías alimentar, y a cuál matar de hambre hasta verla desaparecer? Porque si desaparece, te salvas. Ganas. Hasta ahora, realmente, mamá pudo cometer el pecado capital, poner un salario para su casa, que soportaba los golpes con ella. No para ella, sino para que pudiéramos comer, o estudiar. Lo justo para gastos y recuperar el salario que había perdido al inicio de todo al perder su antiguo trabajo, y ni un peso más porque nada ahí nos pertenecía. No importaba, siempre hemos sabido vivir con poco, sin viajes, sin marcas, sin dinero para gastar en la universidad o en salidas con amigos, sin fiestas, sin festejos, sin nada salvo lo esencial. ¿Por qué ella? Porque ella iba, porque ella se había quedado cuando los demás solamente habían intentado mandar más problemas y no la solución que su apoyo hubiera aportado, así ni el alacrán habría tenido que regresar cuando lo hizo, para picarnos después. Supongo que lo correcto habría sido darle todo el dinero a sus hermanos, que alcanzara para ellos solamente porque seguía siendo poco, para sus viajes, sus boletos, para sus fiestas, para sus negocios piramidales y fugaces que nunca despegaban… pero sin trabajar ellos, eso solo mi mamá. Sin soportar los embates ellos, eso solo mi mamá. Sin buscar cómo pisar y cómo navegar para no perderlo todo, si acaso podía haber más… eso solo mi mamá. Ni siquiera el alacrán intervenía en lo más delicado, eso solo mi mamá, pero pronto el alacrán también empezó a cobrar. Y como él aportaba, presencia o apoyo moral o lo poco que pudiera, mi mamá no se negó: por supuesto que el obrero es digno de su salario. Cuando todavía hay poco porque los que estaban antes no dejaron nada, en un orden de prioridades tendrían que ir primero los que están en las primeras filas dándolo todo, y alacrán o hijo mayor como fuere, mi tío estaba ahí. Si tan solo les hubiera amanecido, hubiéramos llegado todos del otro lado. Pero no lo hizo.
“¿Por qué no les decimos que lo dividimos todo, y nosotros nos quedamos con esto?” le decía ese tío a mi mamá, que sabía que todo se estaba poniendo mal tras bambalinas. El 2018 terminaba con exabruptos de los hermanos preguntando por qué seguía ella ahí. Honestamente no me figuro qué era exactamente lo que esperaban de ella, supongo que les diera dinero, porque ella no podía ganar si ellos no ganaban también y qué urgencia tenían por dinero, ahora entiendo que cuando mi abuelito me dijo que sabía que su hija menor, la que no había querido el muerto, le robaba el dinero, había dicho la verdad. Ahora, ya no habiendo vestidos o sacos con guardaditos elevados en los bolsillos, a ella especialmente le estaba yendo muy mal, por eso envenenó a todos, por eso empezó a cuestionar la presencia de mi mamá en la planta, que tras dos años ya era todo lo que hacíamos, atender la planta y ya era todo nuestro espacio mental usado para apaciguar los terrores. Unos habían bajado, como el sindicato, como Hacienda tras el embargo en el que se habían llevado equipos menores, no basura, como muchos dijeron después, empleados problemáticos se habían ido por su propio pie, otros se habían liquidado. Pero el peor terror no. Un poco de dinero sí empezaba a producirse libre y fuera del lado caído, corrompido, y no alcanzaba aún así, no para los impuestos, obreros, la empleada cara que cada día llegaba más tarde, mi tío, y nosotros. Literalmente alcanzaba para el que estuviera, porque como liberarías un punto de presión, al descargarlo de ahí, cargando otro de otro lado, entonces tu agarre es menor y alguien más podría entrar, así funcionaban las cosas… así funcionan cuando vas empezando. Y hablo de empezar porque hasta este punto realmente puedo decir que mi mamá empezó a hacer algo ella sola, con el cliente desechado, el que mi abuelito nunca quiso atender.
Fue sobre mayo del 2019 cuando mi mamá oró algo, que el Señor le respondió sin titubear:
Si por favor podía llevarse a la empleada cara en paz, porque se comenzaba a hacer un dolor de cabeza terrible. Resulta que con ella, se fue también el Acreedor de mi abuelito después de perseguir a mi mamá por años. No nos quitamos, no nos rendimos, y poquito más de dos años después habíamos ganado… solamente por soportar. ¡Ya nadie nos quería quitar la planta! Pero no pudimos festejar. Ahí empezaron a llegar las demandas del resto de los hermanos. Qué pérdida de tiempo, mejor lo hubieran utilizado en estar para no haber necesitado hablar tanta mentira y para ver con sus propios ojos lo que se producía, participando con justicia de la división, y no haberse inventado tantas narrativas que carecen de una sola cosa:
Razón, porque no estuvieron.
No, no puedes juzgar algo desde afuera y pretender tener la razón. Desde afuera solamente te queda hablar mentira para atraer números a tu causa.
Puedes quemarlo, eso sí.
“¿Pero ustedes no ganan nada de ahí, correcto?” Le preguntó el pastor laico de la congregación del médico a mi mamá y a mi tío.
Mi mamá quedó congelada en su asiento y hoy entiendo qué tan confundidos están muchos cristianos, hasta los que están en posiciones de autoridad. ¿Por qué si ahora básicamente era claro que mi mamá llevaba años trabajando ahí, protegiendo el lugar y los bienes de todos los atados por un acta constitutiva, y la integridad a como se pudiera, hasta haber encontrado una salida en un cliente inesperado, mi mamá no podía ganar nada? ¿Eso es justicia?
No alcanzaba para llevar las vidas que los demás hermanos habían llevado o aún hacían, pero sí para no verlo todo negro tras haber decidido sí aceptar el muerto por puro amor y responsabilidad y honra a sus papás, porque todo lo que había aceptado, lo había aceptado de ellos en vida. Nada nunca tomó con sus propias manos. Eso no es justicia, el obrero es digno de su salario. Si no puedes sentarte y hacer sentido con tus congregantes sobre lo que es justo… deberías carearte con el Señor Jehová de los Ejércitos primero. El pastor no los atendió, no concertó una reunión que ellos presidieran, para buscar la justicia sin perder de vista al Señor. Eso es lo que Pablo nos mandó a hacer con los hermanos, ¿no? ¿para no avergonzarnos y correr a los tribunales del mundo? Si mis tíos hubieran trabajado, perdiéndolo todo como ella, costara lo que costara, dividiéndose por si podían haber sido librados todos de perderlo todo, antes de que mi mamá lo perdiera todo acá y quedara allá como su única respuesta, el hacer el lugar vivir, entonces ellos habrían ganado también. Cualquier cosa fuera de eso carece de sentido, y carecía de viabilidad. La hermana que no quería el muerto, podía bien haber despertado ahí, en lugar de envenenarlos a todos, y haberse acercado a prestar sus pies y sus manos, y recibido bien a como fuere llegando; ella podía haber ido a clamar a los de Semarnat, con las multas que tenían años recabando para el lugar, en lugar de mi mamá. El médico injusto podía haber ido con el síndico, o a hacerse el tonto con Sr. Acreedor hasta cansarlo, en lugar de mi mamá. El del extranjero podía haber vuelto, pasado un tiempo, a ver en qué iba todo y como conocía el lugar, visto la luz encenderse con todos. Yo habría descansado ahí. Yo no me habría convertido en este testigo indeseado sino que me hubiera quedado solamente Yanina.
Pues no quisieron.
Y porque se venía mucha impiedad, supongo hoy, los tribunales del mundo eran necesarios. Eran necesarios porque como ese primo burlón que de un púlpito hacia afuera habla de una misericordia que no conoce, porque no la da ni la presta, dijo en esta ocasión, “Pelearían por las tierras de la abuela.”
Contra la tía que a todos había atendido de una u otra manera. Que de la noche a la mañana se había convertido en ladrona, metido a la fuerza, actuado en injusticia.
Seis meses, poquito menos, nos tocaron sin la angustia que nos había perseguido los últimos dos años, sin Hacienda, sin multas, sin Sr. Acreedor, sin la empleada cara y cobradora de lo que no era suyo (o tal vez lo era) que alguna vez nos reveló que lamentaba no haberse protegido más con mi abuelito, avisando entre líneas que si hubiera podido hacer más daño para estar bien, ella también lo habría hecho porque el que había ya hecho toda su vida no había sido suficiente, y todo por re-envasar unas cuantas pipas. Pipas a totes. Totes a tambores. Tambores a porrones. Esa era nuestra letanía ahora, y que los hermanos nos querían fuera. Bien, fuera queríamos estar, cosa que le decíamos al hijo mayor… que le rogábamos, que nos ayudara a movernos con nuestro cliente, el nutrido por manos de mi mamá, porque después de tantos sinsabores los malos ya no estaban ahí, respirando en nuestros cuellos, ya podíamos dejarles el lugar que tanto añoraban, para venderlo y desaparecerlo, porque trabajarlo nunca quisieron, ni para protegerse a sí mismos. Eso solamente mi mamá, para protegerlos a todos. Y mi Papá, mi Abba, mi Señor Amado, que no se la llevó de mi lado por haber aceptado hacerlo, sino que la acompañó cada vez, como había prometido hacer en aquél versículo. Y la libró en todas. Y a todos con ella.
“Pero no es justo, podemos quedarnos aquí, hagamos un acuerdo,” le decía el hijo mayor a mi mamá, yo la sentía estremecerse por dentro, porque sin comentarlo, ambas sabíamos que el alacrán había despertado.
“Yo no quiero estar en este lugar, P*pe**ño,” le respondía ella cada vez, “no es nuestro, es de los cinco. Yo no tengo que estar aquí para lo que hacemos con Ma**i**x, vámonos ya, es buen tiempo, ya nadie está peleando más,”
“Eso lo hice ya, irme,” negaba él, y nos dejaba con las manos cada vez más atadas.
Mi mamá se levantó al sanitario, yo todavía no me terminaba mi muslo de pollo.
“¿No crees que nos deberíamos quedar aquí?” la voz suave me hizo bajar mis cubiertos y levantar la mirada. Yo sabía que el alacrán estaba despierto ahora y que todo lo que mi abuelito me había intentado transmitir había sido la verdad, porque ese día lo vi, “Que mis hermanos se queden la casa, está bien, y nosotros esto.”
Para la de problemas que yo sabía que el lugar implicaba, lo injusto era que él quisiera obligar a mi mamá a siquiera considerar tal cambalache, ¿qué nadie entendía que nunca estuvimos ahí por gusto, sino porque un día despertamos y no había salida, no si no queríamos hacer ojos ciegos a inminentes peligros? Que a los demás no les haya importado, que sabían que era una carretera exhaustiva y por eso hasta el falso “¡No tomes café Malita!” de años antes, que después al haberlos visto vencidos sin haberlos siquiera conocido, todos ellos hayan catalogado como nada los peligros, nunca significará que no hayan sido. Yo los vi. Yo los sentí, yo comí con ellos… queriendo tomarlo todo. Yo me pregunto también, por ejemplo, ¿cómo se imaginan esos cuatro tíos que hubieran salido las cosas si el día en el que Hacienda llegó a embargar, no hubieran encontrado planta para notificar, o bienes que adjudicarse? Ellos cinco eran socios en la sociedad perseguida. Pero hubo alguien que quiso hacer caso al fiscalista, porque mi mamá eso hace, escuchar, atender, obedecer, ir a donde no quiere, siempre, todas las veces, y hacer lo que no desea, con tal de seguir a quien la llama. A quien le ha prometido su presencia siempre, y así ha hecho.
Entonces negué, mirando hacia el pasillo por si mi mamá ya venía a rescatarme del despertar del alacrán. “No, tío, esta tierra no es nuestra. Y aunque parece un buen cambio, no lo es, muchos problemas todavía no tienen solución, no les podemos ver la salida, no es justo. Y ellos son dueños también, siguen siendo cinco. Podemos hacer lo que hacemos afuera.”
“Supongo que tienes razón,” me respondió con su voz de terciopelo, y yo pensé que todo estaba acabado, cuando inhaló otra vez, mirándome, “no le digas a tu mamá nada de lo que te dije.”
Pero se lo dije, porque ella y yo peleábamos constantemente con su haber decidido tenerlo ahí. Yo me rendía cada vez porque de cierta manera sentía que había sido mi culpa que lo hubiera tenido que llamar ese día del accidente dos años antes, por haberle pedido que me llevara a mi reclutamiento. Si hubiera estado, ella habría podido atender y por mi culpa no lo había hecho… y ni el trabajo me habían dado. Para ese entonces, mi lista de casi victorias en ese ámbito era larga, para todos los reclutadores era excelente y llegaba siempre al penúltimo filtro. Siempre ha habido alguien más excelente que yo. No me pude zafar jamás de lo que yo empecé en ese tiempo a ver como mi propia ruina. Le dije a mi mamá lo que me había dicho, y que me había mandado a no decirle, por si acaso ella tomaba el aviso de que el golpe más fuerte se acercaba ahora.
No encontramos nada en esos meses, el negocio con el cliente no alcanzaba para una renta, mas todo el gasto corriente y fijo, el inherente al funcionamiento de un negocio, porque si te comes todo lo que entra y no lo pagas, matas al negocio. Lo matas como mi abuelito se vio obligado a hacer cuando todo se le vino encima, porque en lugar de pagar impuestos, pagaba la tarjeta de su hijo mayor, y eso lo hizo incontables veces, en lugar del deber, no atinaba, y sé, sé que lo intentaba, pero al final no pudo. “Con cuatro palabras lo destruyo,” lo recordaba incesantemente en ese tiempo diciéndome, no podía quitarlo de mi mente. ¿Por qué? Porque quería saberlas, por si acaso podía salvarnos esta vez, a mí, y a mi mamita, y a mi casa, de lo que sabía que se acercaba. Con las demandas, mi mamá pudo apartar algo de dinero que depositó en los juzgados, cantidad de la que los hermanos y su abogado de burlaron, cuando para nosotros lo era todo porque presionaba en demasía un arca ya demasiado presionada por todos los deberes… por poco que les pareciera, especialmente porque ahora teníamos que pagarle a abogados nuevos que nos llevaran el caso respectivo a ellos en el juzgado de lo familiar, dinero que no teníamos, que no alcanzaba y ahora menos. Fue en ese tiempo cuando aprendí que cuando el Señor Jesús habla del buen ojo y del mal ojo, a cosas así se refiere; si no hubieran visto ese dinero con mal ojo, o a mi mamá en general, habrían podido haber notado que tras todo el esfuerzo ella había logrado que algo diera luz, aunque fuera poca, tal vez a partir de ahí todos los montos hubieran podido crecer, aunque tomara tiempo. Tal vez crecer hasta que no se rieran de ellos.
Fue como en septiembre cuando el cliente de mi mamá nos avisó que había ganado una licitación del gobierno. Todo el mes el hijo mayor nos había hostigado con que le enviáramos dinero a Estados Unidos, lugar al que nosotros no hemos vuelto desde que mi papá se fue de la casa, y el tiempo sigue contando. El hijo mayor pedía dinero porque no tenía, como siempre. Estaba allá, pero no tenía para comer. Como siempre. “El dinero que queda es para impuestos, P**e**ño, ya te pagué tu parte, no alcanza para más,” el enojo con el que respondió él cuando mi mamá le dijo esto, me dejó saber, una vez más, que entonces mi abuelito y sus contadoras habían dicho la verdad. El hijo mayor se sentía con derecho hasta de los montos debidos a la nación, y mi abuelito se los había dado incontables veces, entonces, de ahí la incesante persecución de Hacienda, entonces. Mi mamá pagó su castigo por no haberlo hecho todo como mi abuelito, que no había tenido de otra, pocos meses después de eso. Mi tío no regresó para octubre, sacó a su empleado de ahí, y nos dejó. Pero el obrero principal y la ingeniera del cliente que era la conexión con mi mamá, dijeron que para esta licitación mi tío salía sobrando, no lo necesitaban. Como a finales de mes, nos avisaron que había luz verde, y entonces comenzamos a preparar todo. Mi mamá buscó ayuda en mi papá biológico, que nos consiguió bombas, nos ayudó a entendernos con la estrategia que tomaríamos para responder, y todo se fue concertando, sin mi tío o sus trabajadores que alguna vez habían sido de mi abuelito, hacía años, hasta que él había ocasionado una suerte de división de la cual nunca entendí los pormenores. Hasta que lo vi con mis propios ojos, pero no nos adelantemos.
Era cuatro de noviembre cuando todo empezó, y yo ya empezaba a pasar graves noches de enfermedad en ese tiempo. No pude ir la primer semana, y mamá no lo quería. Me da pena pensar en que, por haber visto a mi papá terrenal ayudándola, sentí por primera vez en casi tres años que podía respirar. Respirar. Vi tele, esa semana. Comí quesadillas y vi tele. Nunca después de eso pude repetir una semana así… porque después de eso nos cortaron el oxígeno con violencia. Estaba en el ojo del huracán, entonces, pues se acercaba lo peor.
El hijo mayor llegó de sorpresa uno de los primeros días, supongo que olió el dinero a lo lejos. Mi mamá lo dejó participar, por cabos del pasado mi papá lo hizo también, y yo pude ver al lado de ella lo que ella un día describió como el sueño que mi abuelito no vio cumplido, pero que siempre supo que era posible:
Ver su planta produciendo con turnos hasta de noche. Fue un sueño, en efecto. Uno con el que cerrar todo.
Para diciembre pagaron la primer parte, pero el día en el que terminamos también nos llegó la carta de los hermanos avisando que teníamos que salirnos, que nos querían fuera del lugar. La abogada nos aconsejó, que como necesitábamos tiempo para salirnos en orden, y que mi mamá no perdiera el negocio que tanto le había costado, que solamente gracias al Señor había dado tanto, aceptáramos que eso se fuera a juicio, no para quedarnos sino para pedir que nos dejaran salir en paz. Ahora nos alcanzaba un poco para hacer movimientos. No para festejar, porque en el mismo día nos habían pagado unos y nos habían corrido otros, porque ya habíamos sacado mucho provecho cuando sabían que justo eso, no habíamos visto. Tal vez no lo sabían porque en efecto, no estuvieron. Y si no habían estado para lo malo, ¿por qué si para recibir explicación de lo bueno? Las cosas no funcionan así. Yo también desearía que alguien trabajara para mí, y me diera todo su salario cuando lograra algo provechoso.
Aquí, resultó que vieron vivo al muerto de antes, y les brillaron los ojos.
Pues buscamos salirnos, no encontrábamos un buen lugar, no tan caro porque con todo y la licitación las cuentas seguían justas, de la talla del negocio aumentan las responsabilidades y el año nuevo inició. El alacrán envenenó a un trabajador y con eso tuvimos para casi hacer muchas tonterías, quería que despidiéramos al que había asegurado a mi mamá al tiempo de la licitación, antes de que mi tío oliera el dinero, y mi mamá no pudo, porque no era justo. El Señor la había advertido con quitarles el pan de la boca a esos dos niños. No había razón para despedirlo salvo que no le rendía cuentas a mi tío, sino solo a mi mamá. Ahí, mi hermano, esposo de mi hermana mayor entró a intentar poner algo de apoyo a mi mamá, y a ese empleado, y esos meses fueron de gran ayuda. El negocio donde hasta ahí había trabajado mi cuñado, había cerrado de la noche a la mañana pero su apoyo en la planta había sido de excelencia, tal vez podíamos hacer un negocio después de todo… nada atado al pasado. Si tan solo hubiéramos encontrado cómo salir de ahí… por ahí de abril al cliente se le escapó una factura para mi tío, de un re-envase que él les había pedido hacer solo, en su lugar propio.
Luego, empezaron los problemas internos, todos los cuales mi tío aprovechó para convencer al cliente de que, la persona que los había atendido excelentemente durante los años anteriores ya no les servía, y que tenían que hacerla pagar y entender. Mi mamá.
Pues nos cobraron el error, que hasta hoy día no entiendo pero sí sé que era el primero en años, y que había más trabajadores del cliente involucrados.
Mi tío estaba feliz.
Era marzo cuando mi cuñado fue a recoger algo a su casa, después de no haberlo visto en semanas, cuando lo detuvo, y aquí, tras este relato, yo terminé por confirmar que todo lo que mi abuelito había hablado años atrás había sido verdad, mi tío era un alacrán, y se disponía a picarnos. “Que no olvidemos que él puede quitarnos el trabajo si así lo quiere,” nos dijo mi hermano que le había recordado el hijo mayor. Todos guardamos silencio entonces.
Sí, supongo, pensé yo. Todo mundo hace lo que quiere con nosotros… más de una vez mi mamá en esos años dijo que ella había sido odiada por mi abuelito, habiendo él salvado a su hijo mayor hasta el final, quitándolo de dar la cara a los problemas a los que ella terminó dando la cara. Ella ya trabajaba afuera, en la era de alguien más, ¿no podían simplemente haberla dejado en paz? No, no tomes café, Malita.
Mayo, junio y julio nos quedaron con el cliente, porque los primeros días del mes de agosto los pasamos sacando lo que pudimos del negocio, el alacrán había acordado que la sociedad que hasta ese punto había tenido con mi mamá se saldría de la planta y habiéndolo acordado pronto, no lo avisó hasta que nos quedaban diez días para hacer movimientos. Un empleado encontró una bodega en Tula y la rentamos, movimos lo que habíamos comprado a lo largo de los años, y cuando estuvimos por sacar algo que no fuera nuestro, mi Papá real, abrió los labios y habló, dándonos confirmación y guía, y protección de nosotros mismos aun:
Con respecto a salirnos, le dijo mediante una cita bíblica a mi mamá que le dejara su tierra a los huérfanos, y así entendimos que el tiempo había acabado, de haberle prometido estar con ella ahí, ahora quería llevarla, de ahí. Así hicimos, pero con todo, todos en casa vimos nuestra ruina el 20 de agosto de ese año cuando entregamos las llaves, no a causa del lugar, sino a causa de lo que pasó después, que no tenía que haber pasado, si el alacrán no lo hubiera maquinado, pensado, afirmado su rostro y hecho:
Indicado por el Señor después, fue no sacar nada que hubiera sido del tiempo de mi abuelito, porque si era robo que uno lo sacara, lo sería si mi mamá lo hacía… porque con el Señor la justicia tiene un solo lado. Eso años después lo chatarreó el médico, y, como ya no había impuestos que pagar, él sí se lo comió. Si invitó a los demás, no lo sé. Pero antes, la traición, la picadura del alacrán: sabiendo que no teníamos a dónde ir que fuera bueno, mi tío llamó al cliente, y el cliente acudió…
…son negocios, al final de todo. “Yo no tengo nada, y tú tienes a Ma**i**x” le había dicho meses antes, su deseo. Y para obtenerlo, se hizo la narrativa de que mi mamá no daba la talla y él sí, con eso se tranquilizó, e hizo su mal, porque podía haberlos llamado y haberle dado a mi mamá lo que le correspondía, hecho un acuerdo en justicia, pero no, él lo quería todo… o nada. Porque lo justo, jamás se lo iba a dar, ¡ya hasta lo había hablado con el médico! que podían, podían, antes de sacarnos, tomar el negocio y pagarle alguito a mi mamá y alguito a la que no había querido el muerto. Como si lo hubiesen hecho ellos, como si no, de hecho, hubieran visto ahora el muerto no tan muerto, y algo de provecho que ahora era posible tomar. Ahora entiendo que ellos también esperaron. En descaro pleno. En fin, el alacrán lo quería todo justo como mi abuelito había repetido como letanía esa tarde de la que hoy cuento que pidió que no lo volvieran a dejar solo con él, mi abuelita respaldándolo. Mi mamá lloró desesperada e impotente ese día poco antes cuando le plantearon esa opción de allá arriba, lo de tomarle lo que había hecho y ahora solo darle lo que quisieran, y no aceptó, y entonces ese viernes en el que tomaron la planta, y ganaron los justos, mi tío, el hijo mayor se quedó el negocio que con gracia y ayuda de Dios mi mamá había encontrado en medio de las cenizas, que de nada, ahora se había convertido en todo. De ahí no volvimos a ver nada.
Dolió, ¿saben? no a causa del dinero… sino a causa de una incesante cosquilla que ahora molestaba diciéndonos que lo que en realidad les había molestado ver era a esta casa haberse acercado por primera vez en la vida a algo bueno y ellos se lo perderían por no haber querido estar, querido aceptar, querido trabajar, querido luchar, sino solamente demandar. Dame, dame, me llegó un versículo un día que hablaba de gente sanguijuela que solamente sabe hacer eso, pedir y pedir.
Pues no pudimos hacer nada, y honestamente para ese punto, ya no había nada que hacer, mi mamá no había nunca guardado interés por ese lugar salvo el perteneciente a hacer lo que mi abuelito había pedido hasta donde se hubiera podido, que un cliente hubiera llegado en ese tiempo y cambiado las cosas, no lo habíamos visto venir. También se comieron las risibles rentas que mi mamá dejó en el juzgado, que tanto nos costó guardar mes tras mes. Bien que se han burlado de ella, pero bien que se han comido todo lo que a ella le costó hasta la salud y cada fuerza, si no fuera por el Señor yo habría perdido a mi mamá también hace mucho, y todos ellos estarían más felices por ello.
Ellos habrían salvado algo de credibilidad ante mis ojos, y yo me habría podido decantar completamente hacia el lado de que tal vez habíamos estado en el error, si no hubiera llegado mayo del año siguiente… 2021. Y llegó pronto y lento al mismo tiempo. Seguía buscando trabajo, sin respuesta. En ese tiempo empecé a escribir con más ímpetu, ahora tenía dolor que sangrar en las páginas, porque no entendía nada. En esto no es necesario ahondar, ya todo lo he hablado aquí en el blog. En esta ocasión me remito solamente a la crónica del testigo indeseado.
Era lunes, el más pegado al diez de mayo de ese año cuando entró la llamada del fiscalista. “Emplazaron un crédito de 15mill. a la segunda empresa del ingeniero.” Fue su saludo, y mi mamá y yo nos congelamos. “Se puede pelear, si firmamos una nueva estructura para la sociedad, podemos pelearlo todo.”
Pero mi mamá ya no era la protectora de todos, la posición para rescatar costara lo que costara, aunque nunca solitas, porque el Señor había estado cada vez, ya había sido quitada de nuestros hombros, eso quedaba implícito al sacarnos de la planta y encima habernos arrancado el poquito negocio que hubiera habido, ¿no?
¿No?
Mi mamá ya podía tomar café, ¿no?
Ya no la necesitaban sana, ¿no?
De hecho ya no la necesitaban, ¿no?
¿No?
“Dígales a mis hermanos, Lic. Yo ya no voy a ver nada de eso.” Fue su respuesta entonces, ahora y desde hacía meses eran ellos los que tomaban las decisiones y las ejecutaban: desde que la habían orillado a buscar una abogada que después se le volteara todos esos meses atrás para atender al alacrán.
“Ellos dicen que usted lo vea, que se haga la junta y usted firme y que se peleé, su hermano mayor correrá con los gastos de todo.” Fue lo que nos avisó en la segunda llamada.
Gracias al cielo, sin mi Papito hermoso no nos quedamos ni aún ahí, porque un amigo abogado advirtió a mi mamá entre ambas llamadas, ‘no tienes que hacer ya más, no les vayas a firmar nada. Un crédito fiscal no es broma.’ entre líneas le hacía ver el supuesto acerca de si ella tenía para cubrirlo, por cualquier cosa. Por supuesto que no. ‘No firmes nada, M**.’
“No, Lic. Yo no les voy a firmar nada, ni a ayudar. Ya no.” Y el fiscalista le avisó que así se los haría saber.
Qué coraje hice cuando llamó por tercera vez en esa tarde.
“Que la van a obligar a que firme y los ayude,” le dijo el fiscalista a mi mamá, y yo sentí como nuevos el terror, la impotencia, el dolor y la ira, “el contador también apela a que escuche, si pudiera ayudar, podemos pelear el caso.”
“¿Obligarte?” le pregunté yo a mi mamá, ahí, a media llamada. Y comencé a negar, “Mamá,”
“No, Lic. Conmigo no cuenten, ¿ahora me van a obligar?” contestó ella.
“Eso dicen,” respondió el fiscalista.
“Para esto nos había dejado mi abuelito ahí, y todo lo cumplimos cabalmente,” le dije harta y enojada, el fiscalista oyéndome también, “tanto que hubo planta de la que sacarnos. Y todo lo atendimos. Nunca nos negamos, ma, ya no,”
Claro, todos pueden hacernos lo que quieren… y después tuve la brillante idea con la que probé el punto al ambiente:
“O que nos devuelvan al lugar legítimo desde donde gestionábamos todo esto.”
Algo dentro de mí hubiera regresado, porque una vida sin trabajo, sin ingresos, sin encontrar salida y con un guardado que se va acabando, no se la deseo a nadie.
“Porque aquí se prueba todo lo que dijeron que no hacíamos y que era mentira, mi mamá robando,” continué, y el fiscalista guardó silencio.
“Es cierto,” le dijo finalmente a mi mamá, y entonces les regresó la llamada.
“Que ellos no se van a meter,” avisó, y yo pude respirar medio gramo, “pero tu hermano mayor pide hablar contigo.”
Claro, siempre ha sido él el que más ayuda necesita y la toma cuando puede y como puede. Con cuatro palabras lo puedo destruir, y yo nunca las supe.
“Mire Lic. yo no voy a hablar con él. A mí me ha perseguido la problemática económica toda mi vida y al fin me estoy careando con ella, ya no tengo nada. A él lo ha perseguido la cárcel toda la vida, que se haga cargo él de lo que sea que haya hecho todo ese tiempo atrás. No me llamen más para esto, no voy a firmarles nada.”
En una buena nota se despidieron, y no volvimos a saber del asunto, seguramente encontraron la manera de salvarse como cada vez, bien por ellos.
Al siguiente día la abogada que se nos había volteado buscaba a mi mamá, como si fuéramos tontas, obviamente para intentar convencerla. Mi mamá no contestó. ¿Qué nos iba a ofrecer ahora, hm? Una migaja por su vida, ¿otra vez? Porque dar una firma no es poca cosa. ¿Lo justo, que debía, por la ayudita?
Ya no. El Señor no nos dejó.
Isaías 33, 32, 28, 52, entre otros.
Jeremías 35,
Salmo 82, 49,
Ezequiel 29, todos han sido pasajes que el Señor nos empezó a dar tras la salida de Tepeji ese agosto, y entonces nosotras nos quedamos quietas ese mayo siguiente.
En verano vendieron la primer propiedad, que por haber sido a nombre también de mi abuelito, tenía todo pagado, agua, predial, mantenimiento, todo. Se cobraron todo tipo de gastos ejercidos por la planta, porque era obvio que eso pasaría, no puedes dejar que el lugar se caiga, pero cuando se trató de los gastos que mi mamá había hecho para el departamento, eso no contó. Eso no lo pagarían. Meses antes habían avisado que gastos de empresa no se pagarían jamás, para no pagarle a mi mamá los de todo el trabajo que había hecho, porque era hasta comprobable y ahí estaba, en el juzgado, pero del departamento al hijo mayor sí lo dejaron pagarse a su empresa. Por eso digo que son una contradicción andante, la justicia solamente funciona si es justicia para ellos.
Y en octubre el Señor me avisó en sueños que Tepeji estaba por venderse. Yo no supe contarlo a mi mamá y todo empeoró cuando en diciembre le llegó la noticia, porque le cayó de golpe y supuse que hubiera sido mejor que hubiese tenido todo ese tiempo para prepararse. El Señor la sostuvo aún ahí, pero hasta marzo pudimos sacar el cheque del juzgado, ellos se habían vuelto a cobrar hasta los chicles, cosa que mi mamá jamás hizo, en su tiempo allá, por no navegar en aguas de injusticia. Ellos sí, de ahí cobraron para sus abogadas, comidas en restaurantes argentinos, y hasta para un guardado para gastos futuros. El Señor nos hizo guardar silencio, y no defendernos. Nos quitó toda oportunidad de hacerlo, por si nos daban ganas de desobedecer.
De eso hemos comido hasta hoy, buscando trabajo, llorando hasta el polvo por encontrar más ingresos… congelados en tiempo y espacio. Sabemos de la injusticia que hubo, porque ellos se han encargado de avisar por todos lados que si le dieron su parte a mi mamá, pero no sé si ellos sabían que uno de sus gestores nos avisaba de a poquitos que deseaban destruirlo todo y así ganar más, cosa que mi mamá jamás pudo aceptar. Algo adentro advierte que fue el Señor el que permitió que nos entrara lo que entró, porque mi mamá pedía dinero de honra. Honra como con los recabitas, que honraban a un padre ya muerto en la Biblia, y por eso el Señor los honró a ellos. Esa honra nos estaba enseñando el Señor en ese tiempo de silencio, que fue esa la que le permitió a mi mamá entregar todo ese tiempo antes de que nos sacaran, Él dejándolos, a pesar de que como la menor de los cinco le dijo alguna vez, “¿Y por qué tenemos que hacer lo que mi papá dijo si ya está muerto?” pues el Señor nos enseñó la respuesta ahí en Jeremías 35 con los hijos de Recab.
Entró tal frenesí ese verano con la primer venta, que no dejaron de viajar en meses. Ellos peleaban lo de Tepeji porque querían más, darse las vidas que se merecían, y nosotros, por gracia del Señor que nos hizo rechazar la batalla en las puertas, aunque nunca hemos podido hacer más de lo esencial, no hemos desistido de esperar en Él. No habíamos viajado en familia desde que mi papá se había ido, hacía años, y un viaje a acapulco fue lo que sé que más los encendió antes de sacarnos. Ellos viajaron a acapulco, al sur de México, a Europa, remodelaron sus casas, compraron más tierras, lo hicieron todo, mucho que no sabremos jamás, tras las primeras ventas. Nosotros quedamos inmóviles en el escondite, no había espacio para movernos ni arriba, o abajo.
Hemos aprendido con dureza del engaño de las riquezas, y ese que dice que si las tienes es porque Dios te está respondiendo, incluso. Que tienes su bendición.
En Isaías 32, hay un tiempo de espanto porque la vendimia habrá acabado. Después del 2021 con Tepeji, no hubo más venta. Casi se hacen tres años, hace un año el Señor me mostró algo de eso en Isaías 10, y aunque no lo entiendo del todo, sí sé que algo hay ahí que quiso decir con respecto a los tiempos y a los eventos. No nos queda mucho dinero, o no lo sé, y no logramos encontrar más trabajo… por más que buscamos. No hemos podido vender y comer del fruto de nuestra labor, pero sabemos que el Señor está a cargo, Él, es nuestra Justicia.
De nada que hubiera generado mi abuelito comimos jamás, aprovechándonos, y mi mamá jamás les tomó sus bienes a escondidas sin saber que ellos se daban cuenta de todo, en vida, ni en muerte; ni siquiera la pensión del gobierno, como la menor de los cinco se siguió haciendo durante meses post-fallecimiento de mi abuelita. La narrativa de que solamente mi mamá obtuvo provecho de la planta, carece de respaldo en tanto que uno, ella jamás les cerró la puerta, ellos fueron los que nunca quisieron ir, y dos, todo aquello de lo que ella hubiera podido ganar, mucho o poco, fue algo que no les podía pertenecer, porque no fue generado por el papá de los cinco, ni con esfuerzo de alguno de ellos. Y al final, ellos ganaron, ayudando al mayor a él sí quitarlo. A quedárselo todo como siempre había soñado.
Cuando hubo que pagar, ella lo hizo, y no arrancó sellos gubernamentales de embargo, sin irlo a pagar, incurriendo así en delito penal, como el médico o la menor hicieron hace poco con la casa, que ya les embargaron.
Las deudas mayores de Tepeji, mi mamá no podía pagarlas, como el predial o al Sr. Acreedor, mucho menos a Hacienda, no había tal dinero. Y si lo pudo haber habido hacia el final, el Señor la detuvo porque ya nos querían fuera y fue lo que usamos para comer tras su jugada, literalmente. Y Él nos sostuvo aún ahí.
Cuando hubo que dar la cara, lo hizo también, y no la escondió jamás culpando a los demás, o alegando que no era su posición, porque sabía que sin dinero no había de otra mas que escuchar y aceptar y navegar, y negociar. Pero de ahí la llamaron ladrona, poco transparente.
Nos fuimos a la tumba protegiendo el lugar de su propio hermano mayor que no veía que eso fuera de cinco, sino solamente de uno, y ellos cerraron el ataúd, a los que habíamos hasta ahí jamás olvidado, con todo y que estaban enojados porque no les dábamos todo lo que querían, a libre demanda, como si realmente hubiera existido tal posibilidad. ¿Cómo sé que nunca lo hizo?
Porque yo sí estuve presente. El testigo indeseado.

Adentro, queriendo huir, sobrevivir, salvar a mi mamita… que no lo perdiéramos todo, porque papito ya no tenía hacía años. No uno que yo hubiera podido ver, que me hubiera hecho saber vista… y así crecí. Hoy sé que lo tengo, un Padre hermoso, mi Papito real, que amo con todo lo que tengo y que Él me ve, pero ese no era el caso en ese tiempo, y eso casi nos mata aquí en casa. Vivimos porque Él nos habló vida, no porque nos hayamos podido salvar o porque a alguien allá afuera le haya importado.
Nosotros no resultamos haber sido los huérfanos, eso, nos quiso decir ese día cuando nos mandó a salir. Y sus más oscuros designios no pudieron ellos establecerlos en nuestras vidas porque somos su especial tesoro… todo lo cual me lo ha enseñado en estos ocho años desde que todo esto inició. Los que sí lo son ya no son asunto nuestro, han seguido haciendo lo que quieren.
Para ellos el amor ganó ese día. Para mí, mi Amor me salva cada día. Hay cosas que Él ha hablado y no parecen muy buenas, pero a mí me promete estar, y dar Vida a mi casa. No sé francamente por qué escribo esto, así, pero este de momento será ese mensaje que en sueños me dijeron que tenía que dar:
No busco Justicia porque nadie sobre la faz de la tierra puede dármela sino solamente el que es digno de desatar los sellos, el Cordero Inmolado que da Vida al mundo, y Él es mi Justicia. El Señor Jesucristo. Con todo, una cosa sí sé, el que lo conoce, tarde o temprano es llamado a entregar cierto fruto muy específico de rendición. Varias veces en la vida, en realidad. Y el Señor lo toma de los suyos a su tiempo, como el árbol plantado junto al agua en Salmo 1. Y hacerlo todo por obtener riquezas, no es ese fruto. Colgarle cualquier tipo de contienda a ello, o hasta suponer que el Señor es partidor de herencias, es ir en contra de sus propias palabras, en donde aún advierte del peligro de la avaricia. No estoy diciendo que era suyo el entregar el fruto de habernos dejado ahí en Tepeji, aun suponiendo si estábamos robando, porque si lo dijeron de mi mamá, lo dijeron de toda mi casa, sin embargo nuestros frutos sí fueron el dejarlos actuar cuando las posiciones fueron cambiadas; si al inicio eran no tomar lo que no era nuestro y actuar con temor, al final fueron no defendernos, no inventar, no pelear, no mentir, ni siquiera luchar.
Para ellos la justicia ha ido viajando y cambiando a como les conviene; sé en mis huesos que intentarán hacer sus injusticias mientras tengan aliento, llamándolas justicia y diciéndose todo lo necesario para saberse justos en su propio entender, y sabios, y no los puedo detener si mi Papito no lo hace… pero Él mismo lo ha visto todo, y creo que no ha hablado bien al respecto. Por eso no nos dejó pelear con las mismas armas, o nada, en realidad.
Para ellos, se requirieron esfuerzos, engaños, en ni uno de esos mi mamá pudo tener una justa defensa en cuanto los hablaron, porque ellos fueron a hablar mientras ella luchaba y soportaba en donde ellos ni de broma se paraban.
Ocasionar división entre hermanos es una de las siete cosas que el Señor aborrece, y no fue mi mamá la que la ocasionó, “Si quieres hablar algo conmigo o mis hermanos, llámale a nuestro abogado,” eso lo habló el médico desde ese lado muy al principio, una tarde cuando ellos ya estaban encarrilados en sus demandas sin nosotros saberlo.
No todo es dame, dame, en realidad, a causa de ese fruto que el Señor pide de los que le pertenecen, es todo lo opuesto, ir a donde no queremos, hacer lo que no deseamos. No hay justicia que podamos hacer en la faz de la tierra para presentarnos a Dios, sin embargo, sí hay cosas enlistadas que Él aborrece, que nos deberían servir para tener una noción de su carácter y del fruto que espera de nosotros como hijos. Por sus frutos los conoceréis, finalmente. Despojar, planear en lo oculto, dividir, demandar en tribunales mundanos, burlarse, enredar con palabras, y sobreedificar en pleito y contienda, son muchas. No dar reposo al hambriento, o ver por el huérfano, o ayunar y orar para el propio provecho, tanto más. Y todas esas le fueron impedidas a mi mamá, si no por convicción propia, por mano de nuestro Señor.
A ellos, mas bien nada; todo, todo lo han podido hacer y salido victoriosos. Nada de esto hace a mi mamá justa, pero todo ello suma condena sobre condena si no se procede al arrepentimiento delante del Dador de las verdaderas riquezas, y esto todo lo han gozado ellos en el secreto y lo oculto. A medias verdades y con narrativas perfectas de las cuales solamente ellos pueden participar. Mi mamá hizo más bien lo prohibido, entró al terror, sola como la dejaron, y no murió… y encontró una manera de reconstruir, cosa que ni bien había empezado cuando lograron quemarlo todo.

Mucho he hablado ya en el blog de lo que todo ello ocasionó en mí, y lo que la esperanza que tras la tribulación, la paciencia, y el resultado de esa prueba ha formado en mí; el fruto esperado de mí en este tiempo, entonces hablo todo esto solamente a causa de un sueño, en el que escuché que si daba mi mensaje, al fin podría dejar ese lugar en el que estaba. Este es mi mensaje hasta hoy, todo lo que vi. Tuve ese sueño porque me dormí inquieta tras un día de malcomer y pensar, porque nos avisaron que van a vender más, después de tres años y por supuesto les urge obligar a mi mamá para volverse a cobrar como antes, hacer todo lo que quieran y puedan, y por poco nos sacudimos y resbalamos en casa… hasta que el Señor nos tomó de regreso,
Hay paz adentro… afuera no lo creo. No puedo ni enlistar o pescar, recordar, juntar todo lo que el Señor nos ha hablado, ha sido demasiado, y casi todo asusta, y asusta bastante, pero no somos hijos suyos solamente nosotros, ¿no? Entonces ellos deben ya saberlo todo.
Antes de todo lo aquí contado, mi mamá había renunciado en el espíritu a la herencia de sus padres, por ahí del tiempo en el que oró a Dios pidiendo un juicio a su vida, porque no sabía si le agradaba, si estaba alineada a Él, y temía perderse en el camino. Esos dos eventos tienen entre 18 y 16 años de antigüedad; a los meses de esa petición de ser alineada fue que mi papá se fue de la casa. A mí me marcaron, junto a mis hermanas, como hijas de maldición a causa de ese abandono, y a mi mamá de mala mujer. Mi hermana se casó por ese tiempo y fue en la congregación local, la más cercana, de donde nos enteramos que las voces decían que lo había hecho porque había salido embarazada. Ahí entendí por qué nunca dejaban a mis “amigas de la iglesia” venir a mi casa, o si venían, era con la hermana mayor de una. Mi hermana se casó porque se enamoró de un joven que como ella, amaba a Dios. Lo intentaron buscar juntos, casándose. Y solamente Dios sabe que siete años de matrimonio y muchísimas dificultades les tomó tener su primer bebé. El Señor nos había avisado que no habría bebé, hasta que no entregáramos a mis abuelitos, entonces cuando mi hermana nos avisó de su real embarazo en verano de 2016… supimos que los meses estaban contados. Y como el Señor lo había hablado, fue hecho, el niño nació al borde de que mi abuelito dejó la tierra. Mi abuelita ni siquiera supo de él, mi mamá ya no le quiso dar la noticia en la oportunidad que tuvo, y a los pocos días ella tuvo el segundo evento cerebral del cual ya no se levantó, aunque bien despertó. Y bien su espíritu estaba, yo lo sabría, yo le canté todas las tardes ese mes, y ella me daba la mano, y no la soltaba, y me escuchaba y no me dejaba ir hasta que veíamos que ya era tarde. Tras esas dos oraciones, mi vida y la de mis hermanas, y la de mi mamá, obviamente, cambiaron para siempre, entonces sé, que todo por donde el Señor nos ha llevado desde esos mismos 18 años para acá, han sido lugares de propósito o prueba, y del tamaño de la prueba, de la tentación, Él ha provisto la salida… y del tamaño de la tormenta, el brazo que sustenta, y del tamaño de la tarea, su presencia incansable. Todos después de mi papá han hecho fila, para dañarnos, para tomar, para pisotear, para hablar y opinar y juzgar… y nadie ha sabido hasta hoy cómo empezó todo. Con unas oraciones, y toda una vida que mi mamá ha buscado rendir al Señor, una que no por nada menciono en la dedicatoria de mi primer libro, porque la he visto perderlo todo por su fe, pero su Señor, su Dios, me ha enamorado de simplemente verlo, y se ha convertido en el mío.
No todo es siempre como parece, y todo esto, cuyo único lado conocido era el por todos los demás involucrados hablado hasta el cansancio, entra en esa categoría igualmente. Hoy ya no son solamente ellos hablando, y su verdad lleva la mía ahí al lado. El Señor no toma lados, no está con nosotros en contra de ellos, porque nosotros nunca quisimos pelear con ellos, nunca tuvimos de otra mas que hacer lo necesario cada vez, sin salida o ayuda, y no está con ellos para vencernos a nosotros, porque no se debe a sus mentiras y motivos. Aunque una cosa sí recibimos en casa pocas horas antes de que nos llegara la noticia de que vuelven a prepararse en sus injusticias, para vender, este jueves, y esa dejo:
11 Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo; he aquí que yo cimentaré tus piedras sobre carbunclo, y sobre zafiros te fundaré. 12 Tus ventanas pondré de piedras preciosas, tus puertas de piedras de carbunclo, y toda tu muralla de piedras preciosas. 13 Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos. 14 Con justicia serás adornada; estarás lejos de opresión, porque no temerás, y de temor, porque no se acercará a ti. 15 Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá. 16 He aquí que yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir. 17 Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová.
Isaías 54:11-17
Al menos ahora pude contar la verdad del testigo indeseado.
-M. Y. Valencia Parroquin.

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