Era lunes. El día empezó normal.
Los lunes y los jueves limpiamos en casa y ese día no fue la excepción. Para el desayuno intenté probar camote hecho puré, con algo de lenteja en polvo, para imitar un pan, y no noté lo poco que me gustó, lo dejé porque me sentía llena. Después de desayunar, todos nos dividimos como cada semana. Yo subí a mi habitación a recoger, tender mi cama, guardar mi ropa recién lavada, etc. No es anormal, y no lo era en ese tiempo, que a días yo despertara con menos fuerza que otros, a veces me sobrepongo, a veces simplemente no puedo. Ese día, me sobrepuse a mitad de camino:
Encendí la aspiradora, y aspiré toda mi habitación; la detenía a ratos, descansaba un poco, y volvía a retomar. No me sentía bien, pero tampoco me preocupaba. En las ocasiones en las que me detuve, como también suele pasarme mientras hago tareas como la limpieza, me puse a ajustar ciertos puntos en la trama de mis libros en proceso, las siguientes partes de mi serie, que tenía meses de haber empezado. Para estos dos el proceso ha sido lento lento… de haber terminado un libro, mi tercero, en menos de un año, llevar el doble de eso y contando únicamente para los siguientes manuscritos ha sido pesado. Me di cuenta hace poco de que justo ese día, el 22 de mayo del año pasado, entre mis proyecciones y ajustes mentales, grabé una nota de voz; mi voz no se oía tan mal con todo y que estaba a un par de horas de que mi vida cambiara completamente. Mi familia la habría encontrado días después… habría sido como una despedida perfecta; yo, hablando del futuro de mis cuentos. Hay una parte que le da tono a estos futuros ejemplares que tenía meses meditando, y con mucha seriedad haciéndome preguntas al respecto al menos unas dos semanas. Una de ellas inquiría acerca de la poca o mucha necesidad que tenemos de luchar por vivir. Pasar una vida conociendo la enfermedad sin saber exactamente qué es lo que pasa puede hacer eso. Mi pregunta no era acerca de lo romántico de la idea de vivir, sino del vivir físicamente. Si podía llegar un punto en el que simplemente uno diga… ya no más. No tengo más fuerzas. Y entonces los villanos ganen al ver tu último suspiro y después tu cuerpo lánguido y apagado en el suelo. En eso había gastado mis pensamientos en esos días, y honestamente no tenía una respuesta… he tardado en llegar a las respuestas que dan forma a lo que es mi siguiente trabajo. Siempre es sobre lo que veo, finalmente, y lo que me queda de ello. Si la respuesta en este caso era, no, no, si te quieren matar pues luchas hasta el fin y luchas cada vez, entonces mi noción se habría hecho hacia el lado de ok, bien, no hay derecho en que nos dejemos morir, entonces luchemos porque vale la pena, entiendo. Si en cambio, la respuesta era, pues no vale la pena porque si todo el tiempo te quieren matar… tal vez algo de razón hay y no hay vida que soporte tanta lucha, a veces hay que saber cuándo rendirse, entonces yo habría aprendido, pues sí, supongo que sí. Qué alivio, no tener que luchar más… y cómo lo hubiera sido en el fondo de todas maneras, porque luchar por respirar cada día y no morir es la batalla más cansada de la tierra.
Gasto mi tiempo en cosas muy intensas, ¿verdad? Llevo tiempo intentando entender por qué soy así y no lo he logrado, al menos ya no me resisto.
Fue al terminar de aspirar mi habitación cuando empecé a dudar de que el haberme querido sobreponer a la debilidad hubiera sido la elección correcta ese día. Pero justo ahí llegó la verdura que nos mandan de la central de abasto, y cuando les digo que los días de limpieza son cansados en casa, les digo poco. Corrí a la puerta para recibirla. Fue al cerrar la puerta cuando caí en la realización de que este no era un día de cansancio y debilidad como aquellos a los que estaba acostumbrada. Subiendo las bolsas, lo dejé todo cerca de la tarja de la cocina y me fui a acostar a un sillón. Intentando cerrar los ojos, ahí empezó. Yo los cerraba y estos se abrían como si no quisieran cerrarse. Tal vez no era buena idea. El dolor en mi abdomen llegó a saludar y yo supuse que era como los del resto del tiempo. La debilidad que asusta no tardó, en realidad, a los pocos minutos de haberme acostado mamá me encontró en la sala de TV y supo que algo no andaba bien. Me ofreció algo de tomar, y yo acepté.
Ayer a la hora de la comida me acordé del jugo de manzana que mamá me hizo ese día, y como clips modernos vi el resto del día pasar en mi mente. Todavía se me removió algo parecido al miedo adentro. Dios sabe cuánto le ruego nunca más en mi existencia volver a sentir ese tipo de dolor, ese tipo de descontrol físico que aumenta hasta que todo se apaga. Que tenga misericordia de mí, por favor. Por piedad.
Cuando noté que no me podía enderezar para beber el jugo de manzana, supe que algo no solamente no iba bien, sino que algo en realidad estaba muy mal. Tiene un año que aprendí que las cosas cambian en una milésima de segundo. Todas. Puedes pasar veintisiete años de tu vida llorando porque la vida pesa, pero en cuestión de esa milésima, esta puede ser levantada de en medio de ti y tú llamado a casa. Y no cuentas ni un año más después de eso. Veintisiete años pueden acabar en un segundo. No retuve el jugo. Fue lo primero que dejó mi cuerpo tras hacer el esfuerzo de subir de regreso a mi habitación. Ahí fue cuando perdí el control completamente. De haber pasado una vida de la que muchas veces he dicho que me siento rehén de mi propio cuerpo, este día fue el clímax. Y la curva no tardó nada en llegar a su fin. Un episodio como los que alguna vez les he contado aquí en el blog me invadió y yo comencé a sentir que nunca antes había conocido lo que era estar débil. Como en la película animada de Hércules, la de Disney, cuando Hades le quita su lado divino. Lol. Creo que lo pensé ese día, pero no hice caso de lo rápido que estaban avanzando las cosas. Mi mamá se asustó tanto que llamó a los médicos que tenemos a unas calles. Yo me intenté bañar, ella tuvo que detenerme. No pude salvo echarme encima una sudadera negra y un pants amarillo. No debo andar tirando ropa en perfecto estado, y debo confesar que ese pants lo teñí de negro sabiendo que por el material no tomaría el color y solamente se mancharía la tela, pero tenía que dejar de ver el pants amarillo después de ese día. Ahora es gris y nunca lo asocio al que me acompañó al hospital.
Mi mamá atendía la venida de los doctores cuando mi hermana mayor la suplió en el cuidarme, y entre debilidad y temblor, sudor y todo lo demás, que no lograba detener, la oí ofreciéndome electrolitos. Pero no teníamos. Y yo no podía pensar. Por supuesto que tras este punto estaba terriblemente deshidratada, ya no podía ni extender las manos, estaban cerradas en un calambre eterno.
Agua de coco con azúcar.
Mis ojos abriéndose y cerrándose, y el resto del círculo empezaba otra vez. “Señor, por favor,”
Agua de coco con azúcar.
Tenemos poquito más de un año comprando cocos como si fueran una de las verduras principales en casa, muy sanos, por cierto, y entonces había agua de coco. Pero yo no podía pensar. El episodio se puso peor ahí, un movimiento, un esfuerzo, hizo que algo adentro lo sintiera yo doblarse… o romperse. Nunca lo sabré.
Agua de coco con azúcar.
Agua de coco con azúcar.
Como pude, saqué voz, “Agua de coco- con azúcar, Lita,” le dije a mi hermana que se apresuró a conseguirlo. No quiero ni recordar el estado en el que me encontraba cuando el vaso llegó a mis manos.
Con trabajos me movieron a la cama y entonces mamá llegó con el médico. Se llamaba Gabriel, como el de mis libros. Yo podía haber pensado que era algo deliberado, pero no tenía tiempo… o cabeza.
El Dr. Gabriel me revisó, en silencio, y en silencio miraba de mí al camillero que lo había acompañado y después a mi mamá. “Nada,” lo oí decir después de buscar escuchar mi abdomen como tres veces. Le entendí inmediatamente, no oía movimiento alguno. El agua de coco me había ayudado a volver a la cama, y tener unos minutos de paz, pero el malestar estaba volviendo sin piedad. “No escucho nada, tengo lo necesario para detenerle el mareo con una inyección, pero,” el doctor miró a mi mamá serio. Era joven y todavía me pregunto si lo volveré a ver alguna vez, porque ha sido de las pocas personas, sino la única, fuera de mi familia, hasta ese punto, que me había mostrado genuina amabilidad en toda mi vida. Esos veintisiete años. “no es paciente para quedarse en casa.”
Ahí supe que todo había cambiado.
No es paciente para quedarse en casa.
“Tiene que llevársela al hospital, o pedir una ambulancia.”
Mami, me lamenté en ese instante. Llevo años luchando por no verle ese once que se le forma entre las cejas cada que está preocupada, y siempre se le formaba… y para ese entonces buscaba, que si se le formaría de cualquier manera, al menos no fuera por mi causa. ¿Recuerdan que les dije que ese día perdí el control de todo?
Ahí fue cuando mi cuerpo y el malestar me llevaron a tener que levantarme nuevamente. Ya me habían inyectado.
“Tarda unos veinte minutos en hacer efecto,” le decía el doctor a mi mamá cuando me moví con intención de levantarme. No pude.
El camillero, la segunda persona amable de mi vida. Recuerdo dos, del pasado, uno en la prepa y otra más, eran de los que hacían el mantenimiento en mi escuela, y cada que estaba sola, en tiempos clave, me encontraban. Platicaban conmigo, y uno, el señor Virgilio, una vez hasta oró por mí, porque de todos los días en ese me encontró llorando, escondida. Pero no tengo muchos más recuerdos sobre esto. No es broma, tampoco queja, y ahora pienso que tal vez así ha sido porque esas personas en específico, han sido enviadas por Dios, y entonces algo de su carácter verdadero han tenido. “Yo te levanto,” me dijo ahí el camillero, y yo lo habría mirado incrédula de no haber estado tan fuera de mí ese día, porque es exactamente mi peso, y lo sé bien, gran parte de porqué sé que la gente afuera ha preferido si no ser grosera de lleno, cosa que siempre ha dolido, al menos entonces mantenerme al margen. ¿El resto? Sí, he conocido la amistad inestable, también, donde como todos, al primer error prefieren descartarte. Y casi siempre mi error llega muy pronto; por eso me hice como me hice, pronta para desechar primero yo. Total, si sola, al menos no pisoteada. O no tanto. “No, no, no hagas esfuerzos, yo te muevo,” insistía el camillero, “señorita,” le decía ahora a mi hermana, que lo dejó pasar o algo así, no recuerdo bien, y entre dos… que tampoco recuerdo, solamente de un lado al camillero, me movieron al cuarto de mi mamá, donde me permitieron pasar al sanitario.
“No, no puedo irme con ella así en el carro,” Afuera mi mamá indagaba por la ambulancia de ellos mismos.
“La llamamos,” le decía el doctor, “¿a qué hospital?”
Conozco el tono de voz de mi mamá, y he aprendido cuándo necesita ayuda. A veces lo siento en el espacio, como en mis libros. Ja. Desde adentro llamé a mi hermana, y supuse que la inyección estaba funcionando porque pude pensar un poco de ahí en adelante. Qué bueno que sin mi mente no estaba por dejar la tierra. “Llámenle a mi papá,” dije una vez, aunque no me oyeron. “Llámenle a mi papá,” repetí y mi hermana oyó que estaba diciendo algo. Que mi mamá va a necesitar ayuda.
“¿Qué dices Nina?” llegó mi hermana.
Todavía no sé si fue un error ese día haberlo llamado. Tal vez no, hacia ese lado me decanto. Hacia el que dice que todos tenemos oportunidades hasta el final… y después el final llega.
“Mamá va a necesitar ayuda, llámenle a mi papá.”
“Que le llamemos a papá,” la oí salir a aportar a la conversación.
Tal vez lo último que quedaba dentro de mí que lo amaría como tal quería verlo una última vez, porque después de ese día todo cambió para siempre.
Ella misma lo llamó, y concertaron en que él venía por un carro con ellas y nos veía en el hospital.
Cuando salí del sanitario, el camillero le enlistaba a mi mamá todo lo que debía empacar en su bolsa. “Su tarjeta, o dinero,” y mi mamá buscaba. El doctor abajo llamaba a la ambulancia. “Identificaciones.” Continuaba el camillero y mi hermana me sentó en la cama y me hizo dos trenzas.
“Así me las hago yo para que no se me enrede el cabello si me acuesto,” me dijo en algún momento. Yo solamente pude recostarme de nuevo.
Fue en ese gesto de pasar de sentada a acostada, cuando lo supe. Que no iba a volver a casa.
Mi hermana se fue a algo, mi otra hermana tenía minutos bloqueada de terror, no sé quien estaba con los niños, supongo que mi cuñado, mi mamá seguía preparando todo con el camillero, y el doctor subió a avisar que la ambulancia ya venía… yo dejé un par lágrimas escapar.
¿Había algo que me hiciera falta? En ese instante ni el no haberme casado, encontrado a mi Lucas, me fue de lamento. Tal vez sabía que era hora de rendirse. No me supuso problema. Los libros, lamenté dos segundos después. Lita puede terminarlos. Mamá le puede ayudar. Ellas van a saber. Les tengo que recordar dónde buscar todas mis contraseñas para la biblioteca de Amazon y mi cuenta de banco. Si se venden, ese dinero es para todos ellos. Pero algo adentro me decía que esperara, que no era tiempo para hablar de eso. En todo caso tú los ayudarás con eso también, Papá, terminé por entender.

“Nina, ya llegó la ambulancia.”
Ahí me sentí helada por dentro. Como supongo que te puedes sentir cuando te avisan que la hora de la silla, o el fusil, o la hoja filosa o la inyección letal, llegó. Ahora, en el gesto de pasar de recostada a sentada, algo dentro de mí habló pensando solamente en Papá, mi Dios. El Señor. En tus manos encomiendo mi espíritu.
Si había vivido bien o mal, mi apuesta era que mal, ya no importaba. Cristo había sido mi decisión. Eso me faltaría, entonces, el volver a Él y no fuera de Él cuando la hora llegara. Nada importa, si voy contigo. Por favor recíbeme Tú. Te necesito.
Hay un canto que no puedo olvidar desde ese día. Existe, yo tenía poco de haberlo conocido, el original, pero en esa hora comencé a cantarlo como si fuese mi aliento mismo, entrando y saliendo:
Yeshuua,
Yeshuua,
Yeshuua,
Y así sigue.
Sentada en una silla, a la puerta mientras la ambulancia registraba su entrada con la policía, el doctor Gabriel intentó consolarme, frotando mi espalda con delicadeza mientras mamá dejaba instrucciones a mis hermanas e intentaba terminar de alistar todo y calmarse. Supongo que ya más de uno ahí había sospechado lo que yo minutos antes.
Quise, y pude, caminar a la ambulancia. He ahí la muestra de lucidez que había recuperado, al menos, porque no quería que nadie me cargara. Cuando me acomodé adentro, ya conté en otra ocasión que vi el auto de alguien de mi parentela extendida detenerse en la esquina al ver la ambulancia. Ni siquiera eso fue suficiente para que quisieran volver. O pudieran. Tampoco lo sabré. Hoy, un año después, los recuerdo a instantes, pero puedo olvidarlos durante semanas seguidas. El auto arrancó, avanzó y desapareció, los camilleros me aseguraron a la camilla, y cerraron una puerta. Mi hermana mayor volteó a todos lados como buscando, tal vez a mi mamá, y después me tocó la pierna, intentando despedirse y confiar en que nos volveríamos a ver. No me había despedido de sus niños, pero girando a la ventana una pared metálica que me impedía ver. Si guardaba silencio, me podía haber sentido sola, pero si adentro de mí cantaba, sabía que no lo estaba. Ya nada más importaba.
Mamá llegó, se subió adelante, y el doctor Gabriel apareció en las puertas, acomodándose atrás donde yo iría. El mareo era horrible, y ahí mis ojos no querían ya abrirse solitos, tenía sueño. Pero el doctor Gabriel me preguntaba cosas y entonces yo le contaba toda mi vida. A ratos olía alcohol y abría los ojos para verlo con un algodón lleno de la sustancia en la mano, poniéndolo bajo mi nariz.
Todo el cuerpo me dolía para esa hora.
Fue el camino más largo y más pronto de mi vida, cuando llegamos al hospital estaba demasiado cansada de nuevo como para oponerme a que me bajaran en la camilla. Doy gracias por el camillero que lo hizo, que ya no era el de al inicio, pero ese día no pude. Me llevaron adentro, y esperaron a que mi mamá diera todos los datos y lo necesario para internarme en urgencias. Me movieron a un cubículo y ya no vi más a los que me habían traído. Qué despedida más vívida tengo de lo más bajo y cruel de la tierra; porque fue lo que me tocó ahí en el hospital. Estamos hablando de lo que en Mexico se consideraría lo mejor. Y para mí, fue lo peor. Justo como lo he conocido el resto de mi vida, bien podían haber estado ahí los rostros de toda la gente que significó dolor y humillación para mí creciendo en lugar de los de los residentes. Yo iba en un estado deplorable, pero en lugar de considerar mi dolor, que no sabía dónde empezaba y dónde terminaba, pero sabía que estaba, o la deshidratación que era innegable que tenía que ver con la debilidad y lo entumecido, y tal vez hasta el color tan extraño que mi piel había tomado, ellos no podían dejar de negar porque tenía tres meses de haberme quitado un medicamento que me estaba matando y no me había puesto la vacuna del siglo. Muchas otras cosas los hicieron negar en lugar de atender lo que me tenía ahí, la emergencia que en mí se estaba traduciendo en la mayor y peor fuga de vida de mis años en la tierra.
El suero estaba a cuentagotas cuando mi papá llegó al hospital.
Mi mamá no se sentaba porque creo que no había silla.
Cuando me llevó al sanitario, hicimos contacto visual con otro camillero, uno nuevo ya del hospital. Pero no tuvo que asistirnos, solitas pudimos volver al cubículo. Los doctores no encontraban lo que seguramente llevaba a causa de mi peso. No volvían a verme, y no pescaban los estudios a ver si llevaba alguna otra cosa. Pasaron horas y el suero no iba ni a la mitad.
Pasó tanto tiempo que pedí ver a mi papá y mi mamá salió para dejarlo entrar. Cuando él lo hizo, me preguntó, “¿Qué pasó? ¿Te cayó mal algo de la semana pasada?” Pero yo tampoco lo sabía. “Duérmete.” Me dijo entonces, y yo asentí pero no lo hice, otra vez cerraba mis ojos y estos se abrían poco después. Ni un doctor regresó a verme, y el tiempo continuó corriendo. Ahí fue cuando me di cuenta de que mi corazón empezaba a latir más lento si me relajaba, si dejaba de pensar en todo. Pero demasiado lento, porque la máquina empezó a pitar. Mi papá se acercaba a verla y no hacía nada y entonces yo supuse que todo estaba bien. Más lentamente respiraba para estar tranquila, cantando lo mismo que ya llevaba toda la tarde cantando dentro de mí, y la máquina a donde me habían conectado gritaba como loca, pitando y pitando.
“Quiero a mi mamá,” llamé cuando sentí que todo adentro era silencio, el dolor sin dejarme descansar. Abrí los ojos para ver a mi papá asentir y dejar la habitación, mi mamá tardando poco en llegar. Ella fue por la enfermera que vino, me revisó, y calmó la maquinita. Nadie más regresó.
En medio del dolor, le indiqué a mi mamá que requería el moverme al WC otra vez, y cuando pasamos por el espejo quedé internamente alterada. Mi color de piel es cálido, ahora que empiezo a estar sana lo empiezo a conocer mejor, no es oscuro, sino más bien entre medio y claro, bonito. Ese día era amarilla, pálida, pálida como jamás me había visto y todo alrededor de mis ojos estaba negro. Francamente me asustó verme así, pero el susto no duró. Todo dolía, cómo dolía. Y daba vueltas.
Mamá me abrazó y me dejó apoyar mi cabeza sobre ella que la protegió con sus brazos, y yo respiré, intentando sobreponerme al dolor, como siempre. Luchando aún ahí, al parecer. “Todo va a estar bien,” me dije y respiré.
“Todo está bien,” respiré una vez más.
“Ya no digas eso,” me reclamó mi mamá, y volteé a verla.
“No te lo digo a ti, Ma,” le dije, y volví a cerrar los ojos respirando.
Si me dejaba apoyar ahí donde estaba y respiraba, podía ignorar el dolor. Podía dejar de sentirlo un segundo, y luego volvía, y si repetía lo previo, volvía a no sentirlo. “No te vayas a quedar dormida,” la oí decirme mucho más lejos de lo que hubiera cualquiera ahí deseado. No estaba haciendo nada salvo intentar que el dolor cesara, literalmente nada. Tal vez podía haber hecho eso en el cubículo, pero no lo pensé, porque la lucidez no llegó a tanto. Todo se veía blanco a mi alrededor cuando escuché a mi mamá decirme eso, y yo asentí, según yo hasta le avisé que no, que estaba bien, que solamente tenía que respirar.
Después todo se hizo silencio, y todo dejó de doler. Qué alivio recuerdo ahora, en lo que en realidad fueron las peores de las circunstancias. Pero yo ya no estaba ahí como para saberlo.
Mamá dice que al menos tres minutos sí pasaron.
Ella cuenta una pesadilla, por cierto.
Yo perdí la noción del tiempo, de mí misma, del dolor, de la existencia entera.
Yo no sabía que era yo, y estaba en un lugar blanco viendo fijamente un filo de oro. Yo flotaba, no tenía cuerpo. A lo lejos, alcancé a escuchar una canción y giré para intentar encontrar de dónde venía pero solamente pude ver un resplandor amarillo, nada más. Cuando la gente cuenta sus experiencias cercanas a la muerte siempre coinciden en platicar con el Señor Jesús, o en ver demonios o cosas por el estilo. Aún en eso Papá decidió cantar diferente sobre mí, porque deseando la primera, hubiera merecido la segunda… pero Él permitió una tercera:

Hacerme saber vista.
Vista, y escuchada.
Qué canto más dulce, y decía, Yeshua, Yeshua, Yeshua. Yo lo entendía, y supe en presencia de quien estaba. Creo que hasta sonreí, no lo sé, me recuerdo muy seria y no levantaba la mirada de un zoclo dorado ahí cerca de mí. Lejos estaba de mí el entender lo que estaba pasando, cuando de pronto, algo me absorbió y aparecí en un túnel negro con ventanas al final. En cuanto el túnel apareció, empecé a sentir el dolor de nuevo. Qué experiencia más inquietante, tanto, que esa parte de mí que había estado flotando allá empezó a gritar que la habían movido, como si fuera un error, que la habían cambiado de habitación. Y conforme avanzaba en los túneles, volví al hospital. Mis ojos vieron los de otra persona, que se me acercó a la cara, “No cierres los ojos,” me dijo, y yo los cerré asintiendo y entreabriéndolos después. “Yo la saco,” y contó moviéndome de donde estaba; era el camillero con el que habíamos cruzado miradas unas horas antes, “No cierres los ojos,” me repitió, y yo volví a asentir mientras me regresaban en silla de ruedas al cubículo. “Solo mírame a mí.”
“¿Qué le hacen?” cuando volví a la camilla, mi mamá hizo la pregunta a una de las residentes que movía una aguja dentro de mi vena, que no le soltaba ni una gota de sangre. “Le sacaron sangre hace horas, para analizarla, ya lo hicieron,”
“Sí, es que necesitamos más, porque los resultados no” bla bla bla, “basal,” defendía la residente, todavía moviendo la aguja introducida, yo con los ojos cerrados intentando no perder los cabales del dolor que ya de por sí tenía, sumado ahora con el de la aguja de la joven que no parecía saber lo que estaba haciendo pero sí delatar que ya tenían los estudios, y como no habían salido los niveles esperados según sus protocolos, los que tenían que haber salido por como me veía, ella estaba dispuesta a demostrar que había un error. Al ver que no podía extraer el precioso líquido vital, sacó la aguja, y de reojo la vi tirar los empaques en el cubículo e irse en silencio.
Finalmente vino a verme la doctora en guardia. Habían sido más de cinco horas, y tras el susto, comenzaron a hacernos caso. El resto del suero se acabó en nada de tiempo, porque tras el susto, también le aumentaron el flujo. “Una infección,” le decía la doctora a mi mamá, mientras todos afuera querían hablar del show que mi persona les ejercía, enferma por todos lados con cosas que como Dr. House seguramente querían resolver. El enigma del 22 de mayo, para ellos, me atrevería a creer. Lástima que toda una generación le aprendió hasta el carácter a House. Jajaja. Ahora me rio, ese día solamente quería llorar. “qué susto nos diste. Ya te vamos a poner más suero porque estás en extremo deshidratada y antibiótico. Será un rato más.”
Ya sabía que estaba deshidratada, ¿recuerdan? Pero los médicos saben más y mejor.
Ya era de noche, pasadas las ocho, y yo había salido de mi casa como a las 3pm.
Ahora iba un enfermero regularmente a revisarme y tenía prohibido moverme de la camilla salvo en silla de ruedas. Mi mamá fue a pagar las cuentas y me dejó con mi papá.
“Quisiste ver a tu mamá, y a tu papá, y después tu Papá quiso un momento contigo.”
Tu Papá.
Ese murmullo lo escuché cuando al fin pude quedarme dormida, y confirmó lo que imaginaba; a dónde había ido. Automáticamente supuse que en efecto, ese día podía no haber vuelto. Una parte de mí jamás lo hizo, al menos. La conclusión acerca del luchar o no por vivir cuando la muerte te persigue, es que, a Aquél que es la resurrección y la vida, le importa poco. Si quiere llevarnos, ni toda la lucha nos puede salvar. Si quiere que nos quedemos…
el villano puede estar que no cabe en sí mismo del deleite de verte apagándote hasta que lo haces, sin palabras ese para festejar su victoria, sin poder mecanizar que acaba, siquiera, de ganar, y… el Autor de la vida te regresa sin mayor esfuerzo.
Mi Padre, Papá, el único que tengo que este año me dijo que uno de sus nombres es Redentor Eterno, también, dejó que las tinieblas acabaran su obra… todo eso con lo que me habían aterrado toda mi vida. Y lo que más temía yo lo vi pasar ese día. Pasó. Y después… Él.
Se terminaba la segunda bolsa de suero, y el antibiótico estaba cercano a hacerlo, en el cubículo oscuro, con el hombre que alguna vez fue mi papá terrenal jugando en su celular sin siquiera conocimiento de que mi vida había acabado y vuelto a empezar un par de horas antes, esa misericordia seguramente extendiéndose hasta a él, y de pronto entendí lo que había escuchado, el canto. Era mi canto. Mi voz.
Mi voz llegando al trono del que llamaba.
Mi voz llegando al trono del que llamaba, y Él oyendo.
Tu Papá quiso un momento contigo. Para dejarme ver lo que toda mi vida le pregunté, si acaso estaba presente. Sí, y que me oye. ¿Sabes cuánto te puede cambiar el saberte escuchado por el único que importa? Completamente. Eso hace algo en el cerebro y en el corazón. A ratos he pensado que tal vez lo hizo así porque yo había llegado al fin de todo, y no estaba pudiendo más. Estaba en luz, la mayor parte del tiempo, pero no podía más… por eso me hacía tales preguntas. ¿Qué persona pasa meses debatiendo si vale la pena, si hay uso o no el seguir luchando por su vida? Una que ya no puede más, y sabe que el luchar la tiene cansada. No comer casi nada de lo común, no pensar en oscuridad, no dejar a la desesperanza ganar, y todo otra vez. Sí era toda una lucha.
Otro médico apareció poco después que quería internarme para resolver todos mis demás problemas, los que les impidieron ver más allá y atenderme como debían haber hecho al principio. No me quedé, solamente acepté unas citas con uno de sus adjuntos. Así, fue como llegaron a mí los diagnósticos claros acerca de lo que tengo, nada de lo cual he tratado bajo sus protocolos médicos que para mí son muerte misma. Un año después, me veo sanando y de aquí en adelante la historia la saben. Lo que no, es lo que para mí el año 1 después de esto ha significado:

No, no es mi nuevo cumpleaños, aunque bien podría, pero me rehúso a cumplir veintinueve años en pocos días, porque no, esos los cumplo en julio, el día en el que nací, porque cumplí veintiocho en el anterior. El asunto es que podía haberme quedado en veintisiete ese 22 de mayo; dos meses antes. Invariablemente vuelvo a mi Redentor Eterno cuando recuerdo lo que pasó, porque fue por Su mano que eso no quedó así. Y que mucho no ha quedado así, que se ha dedicado a adornarme con sanidad y luz de ese día a hoy. Ha pasado un año desde que sé que me escucha, y me lo recordó hace poco. Un año desde que sé que me ve. Que me ama. Que si acaso todo acabara aquí, Él me quiere allá. Que puedo entrar. Que las cosas cambian en un segundo a causa de Él, y para bien o mal, solamente Él puede remediarlo todo. Y sí que pone remedio. Que no morí, sino que he vivido, y que ahora me promete buena vejez, porque le he preguntado si esto se repetirá incontables veces, y todavía temo al recordarlo, pero puedo creerle a Él ahora y saber que habla, y que habla verdad. Voy por el término del año 1 de ojos que lo vieron, y festejo más este día, ahora, que mi propio cumpleaños el cual varias veces en el año he querido olvidar de cualquier modo, y con ese todo lo que fui, y lo que fue a mi alrededor.
Al término de este plazo, aunque todavía con muchas preguntas y con dudas nuevas y viejas, veo que gente que me dolía como cortadas punzantes ahora rara vez la recuerdo. Que lazos que creí alguna vez irrompibles, y que sabía que me jalaban al desasosiego, fueron consumidos y ahora solamente Él importa. Que tengo toda una vida para terminar mis libros, y toda mi obra, y que Él es el primero que me respalda para seguir… y quiere que siga. Que me promete que no me faltará nada jamás, y como ya lo vi hacerlo todo, sé que me habla la verdad. Que si caigo, y fallo, hay tiempo para que Él termine de consumir toda la tiniebla. Que toda la vergüenza del pasado Él la ha cambiado, y se ha encargado de levantar mi rostro, adornándome con Su presencia cuando no merezco ni respirar el mismo aire. Y Él sopla aliento a mis pulmones aun así, porque es el Amor mismo, y el más hermoso. Que solamente en sus manos estoy segura. Que sí me ama. Que si nadie más lo hiciera, somos solamente Él y yo y que solo por eso yo podría vivir. Que sabe que lo necesito, y quiere estar… que siempre ha estado. Que a la hora determinada, y en el minuto exacto, la vida cambia, y Él resuelve y todo se mueve y no hay vuelta atrás de ello. Que el reloj está contando, porque me ha dicho que no olvide la facilidad con la que todo se descompone de un segundo a otro. Y que sigue contando, y que vienen días en donde así como ese, todo se moverá conmigo pero no para muerte. Que he visto muchos de esos, en el año que se cumple, porque no concibo cómo han ido desapareciendo síntomas y episodios de los cuales nunca imaginé ver el final.
Que cuando sea tiempo, Él lo hara pronto.
Y que mientras, tengo toda una vida con Él. Él sí me quiere.

Y ama a mi familia, y me ha permitido seguir con ellos, y ellos conmigo. Esta, que no entendía antes, es de sus obras hasta hoy más importantes para mí. Y ahora que presiento que no hay vuelta atrás en los caminos pasados, y que cambiaron cosas aún sin saber con certeza cuáles ni cómo, porque aún me cuesta entenderlo y cómo deseo vivir pegada a Él por eso… solamente queda seguir caminando sabiendo que las tinieblas no querían que este día llegara, y este podía no haber llegado, si no fuera por Cristo, que es, en efecto, la resurrección y la vida.
“Si llamo a tu nombre, ¿vendrás?” le pregunté hace ocho años.
Hizo algo mejor, llevarme a Él.
Y como envuelta en miles de corazoncitos de cristal, ahora de ahí no me muevo… aun si todo duele y de pronto veo muy cerca el suelo.
Actualización al 20 de mayo.
¿Alguna vez en tu vida has sabido que algo es imposible? Algo que simultáneamente sabes que necesitas.
Estás sana. No hay nada como escuchar algo así y un día verlo ser verdad.
“Yo te ayudo.”
“El doctor es muy bueno.”
“Hagamos changuitos para que no te tengan que operar.” Todo lo escuché recientemente.
No hagan changuitos, ayúdenme a pedirle a mi Dios que me sane, por piedad, que ya no soporto la incertidumbre. Ya no soporto.
Este sábado tuve que visitar emergencias en la clínica local, otra vez. Casi a un año del 22 de mayo anterior; pensé que era broma, mi mamá hasta mencionó los malestares anuales de Frodo después de sus aventuras, los que lo hicieron irse al West con los demás. Si no mal recuerdo, le venían en mayo, también. Siempre me he preguntado si Tolkien tenía algún mal así, anual. No lo dudaría, y me duelo con la idea… porque aunque no lo he visto, yo sé que eso no lo es todo, que el mal puede desaparecer completamente, y no tenemos que quedar así, con recordatorios anuales en los que el cuerpo se duele más de lo necesario como si estuviese viviendo la pesadilla todavía. Lástima que estoy en un punto donde creo, pero con pocas pruebas. Estaba asustada, en la sala 1 de la clínica. Pensando en todo y nada a la vez, intentando no sucumbir ante el dolor y la debilidad, y el recuerdo de todo, con mil dudas como si acaso la cuenta regresiva se había solamente congelado hace un año y hoy de pronto se reiniciaba… cuando en un parpadear, pude ver un hombre como orando o cantando en una habitación de luz muy baja, moviendo un incensario y vestido de una túnica blanca con un manto rojo cruzado. A causa de mi experiencia de hace un año, en efecto estaba más que aterrada pero cuando alcancé a ver eso tras mis párpados algo dentro de mí recordó que Él estaba y entró en algo de paz. Después la mañana comenzó a avanzar. ¿Han visto Interestelar? Tiene una escena que a mi parecer explica bien lo que yo empiezo a sospechar que es el mover del tiempo-espacio. El hombre tras mis párpados, pienso, estaba en el mismo lugar que yo pero al mismo tiempo no donde el ojo natural podía verlo y estaba intercediendo por mí; eso fue lo que escuché. Hace un año lo pude ver escuchándome a mí y este yo lo pude ver y escuchar orando Él mismo por mí.
No me operaron, no pasó nada más grave. Pero sí algo pude confirmar en esta dimensión, lo que he estado escuchando desde hace meses:
Entre los problemas de salud que he tenido, se encontraba una terrible mala absorción de nutrientes que durante años tendió a ponerse peor, cosa que por mi peso excesivo, a los doctores realmente nunca les interesó. Ya hay investigación que arroja que el exceso de peso también puede ser síntoma de mala absorción de nutrientes, mucho como en el bajo peso, pero como suena imposible nadie lo cree. Bueno, yo he pasado años sabiendo que algo falta y sin herramientas para arreglarlo. ¿Cómo podía hacer a mi cuerpo absorber correctamente si no podía ni siquiera encontrar dónde estaba la fuga de vida y nadie certificado para buscarla conmigo quería realmente hacerlo? Hace un año, un médico me mandó algunos suplementos muy renuentemente. Mi sistema estaba tan desgastado que no pude tomarlos.
¿Has sentido esa impotencia de necesitar algo y no poder hacerte de ello por más que quieres hacerlo?
Me hacían tanto daño los suplementos que el simple recordarlo me deja incómoda y ansiosa. Fue en ese punto en el que terminé por entender que estaba en una situación imposible, imposible. No puedo ni ayudarme a mí misma, pensé ese día, y no tengo cómo hacerle para mejorar esto. Ya no fue difícil en ese punto decidir que como no podía hacer nada, pues nada sería lo que haría y entonces al igual que con el resto de pastillas que tendría que estar tomando, dejé los suplementos que tanto podría haber necesitado. (Ojo, no invito a que nadie me imite en esto, y no lo haré jamás. A lo único que invitaría alguna vez es a buscar a Cristo y seguirlo a donde llame, que para cada quien puede variar el paseo.) En mi caso, he tomado medicamentos desde los once o doce años y sentido mi vida acabarse aún así, y ahora tengo la firme noción de que tomar una pastilla diaria por el resto de tu vida no es estar sano. Y de que hay Uno que puede sanarlo todo. Antes del sábado todo era fe ilusoria. Fe lunática.
Después de ayer… una cosa me llevé de la salita de emergencias:

Uno de esos nutrientes, el que mas bajo tenía, subió casi hasta el límite inferior necesario en los meses recientes. Mi cuerpo está a nada de entrar en el margen indicado… sin suplementos. Lo demás todavía falta, hay viejas y nuevas cosas que me incomodan el pensamiento, pero eso, si acaso solamente eso, veo cambiado hoy. Antes me enojaba, más joven, porque sabía que necesitando los suplementos, los médicos no me los mandaban a causa de mi peso. Cuando me los mandaron, no pude tomarlos de todas maneras. Y hoy… de todas maneras hay mejoría. Alguna de las oraciones que me recuerdo haciendo con frecuencia suena como lo que puse arriba, yo rogando por sanidad al único que sé que puede sanar, yo diciéndole que si Él ponía su mano sobre mí, yo de verdad sanaría.
Solamente un cuerpo sano puede absorber nutrientes.
Y entonces, por primera vez en mi vida veo tangible lo que llevo meses escuchando, que soy sana, porque es un cuerpo sano el que absorbe nutrientes. Y esto ha sido no a causa de médicos, no esclavizada a medicamentos de por vida, sino a causa de Él. Por el hombre que veo a ratos como este sábado; orando, intercediendo, mirándome, oyéndome, enseñándome y todo lo demás.
Fe lunática.
Tal vez es lo único que me queda en las manos.
-SFTS

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