Hay veces en la vida en las que uno cree que lo ha vivido todo solamente para darse cuenta de que siempre hay más.
En la madrugada dormí y antes del amanecer desperté. Desperté pensando en que ahora veo que salgo durante el día y encuentro lo opuesto a lo que alguna vez deseé, no encuentro lo que mi espíritu busca. Al despertar, llamé al Señor. Si todo es así… ¿puedo quedarme solo contigo? ¿Podemos ser solamente Tú y yo? No sé sanar a otros, elevarlos, no puedo… no sé cómo llamar a otros a despertar, y los amo… pero por guardar lo poco que tengo, todos tienen que permanecer a cierta distancia. Por guardar la paz, el gozo, la sanidad, mi propia mente de la que a ratos le pregunto a Abba si comienzo a perder los cabales y solamente veo una sonrisa en su rostro, supongo que tenías razón, ¿podemos ser solamente Tú y yo? Ahí sí que voy a estar segura, y no tengo que temer nada más.
Hay veces en la vida en las que uno cree que lo ha vivido todo solamente para darse cuenta de que siempre hay más; hay veces en las que uno cree que por fin encontró la luz con respecto a asuntos tan antiguos como el cabello que te crece en la cabeza… y resulta que estás equivocado.
¿Por qué hoy?
Llevo toda mi vida esperando que mi papá me llame, que me busque. Ese fue el trauma de toda mi existencia, que él, sabiendo lo que es -lo que se siente- que nadie te quiera, no me hubiera querido. Años, intentando entender cómo ser hija porque el primer ejemplo no pude tenerlo. Si tienes un papá, puedes ser hijo. Me tomó mi existencia completa soltar todo eso, superarlo, brincarlo, ser fuerte aunque soy el ser humano más pequeño y débil de la tierra, no solamente entenderlo, sino soltarlo, honrar aún ahí -honrarlo aún ahí- en su no querer estar y dejarlo. Dejar de pelear con él o con Dios a causa de eso. Toda mi vida.
Toda mi vida en la que, por suerte y puritísima misericordia tuve la dicha de encontrar a mi Redentor Eterno, al Redentor Eterno de todos… y que todas las veces en las que mi papá no quiso serlo, Él sí lo fue, aun cuando yo no tenía ojos para verlo, oídos para oírlo.
Hay cosas indecibles a las que uno se obliga cuando tiene que entender para sanar, para salir del pozo. Indecibles no por malas, sino por todo lo contrario, porque sanar en realidad duele bastante. Uno pensaría que cuando llegan los días de los resultados, tras los caminos elegidos, sería chistoso.
¿Podemos irnos a vivir a un lugar solos Tú y yo por favor?
Uno donde no haya pasado… aunque tampoco haya futuro.
Si llamo a Tu nombre, ¿vendrás? Lo has hecho todas las veces.
Creo que mi papá me marcó hoy. Lo tengo bloqueado en mi celular, entonces respondí a un número desconocido… porque estoy esperando noticias de algo. No sabía que era él. No sabía quién era. La voz podía haber sido familiar en el saludo, pero no estuve segura de conocerla y al no decirme quién hablaba, mi cerebro no reconoció a nadie. Después se agarró hablando y la voz fue idéntica a la de un desconocido, a una que yo jamás había escuchado… y cuando me preguntó “¿Ya no reconoces mi voz?” dije que no. Dije la verdad hasta que lo oí colgar. Prometo que dije la verdad; pero cuando lo oí colgar, estuve segura de quien había sido.
Una cosa más que no le deseo a nadie conocer:
Tener que acostumbrarte y ver cómo sales del golpe de la realización que puede caerte encima si un día te das cuenta de que ya no reconoces la voz de alguien por quien lloraste noches y días enteros durante años. De tu papá. Y luego oírlo colgarte como si todo aún ahí, fuera tu culpa.
¿Cómo te acostumbras a lo rota que está la vida todavía? ¿Cómo evitas llorar, mentalizándote mientras continúas con la limpieza de tu habitación, dejando el espejo claro y reluciente… sin que de pronto vuelvas a sentir que te falta el aire y no puedes pensar? No me había pasado en años. ¿Cómo te resistes a soltar tus trapos de vinagre y sentarte en el suelo mientras intentas no llorar y sí lo haces, sintiéndote otra vez la persona más pequeña de la tierra?
En la noche soñé que me despedía, y alguien me seguía durante unos instantes, una como mezcla de muchas personas que alguna vez amé. No podía reconocer una cara específica pero cuando desperté tuve esa noción de que no era una sola persona sino varias y tenía todas sus caras. En el sueño, salgo de la cancha de mis abuelitos y como a unos vestidores, y después guardo cosas en una maleta y miro a la persona un instante, que me ha seguido hasta ahí. No sé bien quien es o lo que quiere, ni lo que siento, a causa de los rostros parecidos pero que a la vez no son ni uno ni otro, y entonces giro y salgo corriendo. Mientras corro, me siento muy agitada, casi asustada. No quiero que me encuentren.

De pronto, llego a mi casa por el jardín. La rodeo, y automáticamente intento saltar como para elevarme en el aire, pero no puedo. Otra vez no puedo volar. Brinco una, dos, tres veces, y alcanzo a ver hacia el sureste una mezcla de nubes rosas y púrpuras de ensueño. En medio, parece haber una abertura con luz y veo un castillo que desprende destellos como glitter. No logro dar el siguiente brinco, pero quiero ir a ese lugar como si ahí fuera a estar al fin segura y como niño chiquito empiezo a orar. “Por favor, Señor, Señor, ayúdame, no puedo salir de aquí,”
¿Has cerrado tus ojos antes de volver a intentar algo en lo que ya fallaste, esperando que el resultado cambie? Pues así los cerré yo en mi sueño. Y después, brinco.

Vi unas manos tomarme de debajo de los hombros, como si fuera niña chiquita, y entonces me elevo como tanto deseaba. Pero de repente, en el aire, vuelvo a tener miedo.
“No me muevas de los linderos de mi tierra,” le digo a quien me elevó, al Señor, porque su voz la reconocería donde fuera, creo ahora. Esa no podría, ni querría olvidarla.

Donde había visto el castillo, veo una explosión tomar lugar, y de en medio de las nubes rosas y púrpuras y el glitter, una nube morado oscuro comienza a materializarse aterradora cuando las manos me mueven a la casa de mis tíos, al lado de la mía, y yo pido que no me muevan más allá, ahora viendo la nube oscura. “¿Me puedes devolver a mi casa?” pregunto, sintiéndome temblorosa.
“¿No confías en mí?” Oigo tan claro como si Él estuviera a mi lado. Acomodándome en el techo sobre la jardinera que puedo ver desde mi habitación, respiro profundamente, viendo el cielo amoratado y la nube oscura más allá, y cómo ya nadie me sigue.
“Lo hago,” contesto, y entonces empiezo a flotar sin control como pocas veces me ha pasado, mi corazón casi saliéndose de mi pecho, y no me detengo.

Cuando estoy ya muy alto aparece otra tierra delante de mí, la anterior desapareciendo para siempre. Cuando veo los pinos, los pastos, el color verde profundo y el cielo despejado y algo parecido a asentamientos con tiendas de techos rojizos, empiezo a llorar.
Ahí el sueño acaba.
Tiene dos días que vi un 51:7 en mis sueños, y cuando lo busqué, encontré esto en la Biblia:
7 Oídme, los que conocéis rectitud, pueblo en cuyo corazón está mi ley. No temáis afrenta de hombre ni tengáis miedo de sus ultrajes.
Isaias 51:7
Lo leí y automáticamente me cansé, “¿Va a pasar algo otra vez?” pregunté, sin querer rondar mucho el tema, y la respuesta fue silencio. “De todas maneras confío en ti.”
Tal vez me estaba avisando que se acercaba la llamada de hoy, ¿por qué no? Y en mi sueño de anoche dejo atrás un cúmulo de gente, y en mi confusión quiero ir a un lugar deslumbrante… que explota justo cuando me elevo, perdiéndose como opción de refugio; desprendiendo algo que en su lugar me aterra. Pero cuando el Redentor habla, y respondo, me lleva a un lugar que amo desde que aparece frente a mí.
Tal vez es ese lugar sin pasado.
Por favor que sea ese lugar sin pasado.
-SFTS


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