Sheltered from the storm

“Desde el extremo de la tierra clamaré a ti; cuando mi corazón desmayare. Lévame a la roca que es más alta que yo, porque tú has sido mi refugio y torre fuerte delante del enemigo." — Salmo 61:2-3

Sitio oficial de M. Y. Valencia Parroquín


¿Qué es la tormenta?

Existe una canción que conozco desde que tenía unos 14 o 15 años, si no es que menos. La escuchaba con una o dos más que servían para traerme un poco de Luz y que no terminara por soltarme definitivamente de la línea de vida que me esperaba unos segundos más adelante con el rostro de mi Esperanza Eterna.

La única Esperanza que es real, a decir verdad.

“Te adoraré en medio de la tormenta, levantaré mis manos… Porque tú eres el que eres y no importa dónde me encuentre yo; y cada lágrima que lloro, Tú sostienes en tu mano. Nunca dejas mi lado. Y aunque mi corazón esté destrozado, te adoraré en medio de la tormenta.”

Praise You in this Storm, Casting Crowns.

Así dice esa canción. Me sabía triturada bajo el peso de la tormenta a mi alrededor y el de mi casa, no será sorpresa entonces decir que me sentía entendida de alguna manera por las palabras ahí cantadas. Han sido tantas vueltas, que supongo que las tormentas y yo hemos aprendido a coexistir en el mismo lugar tras 28 años; de ahí Sheltered From The Storm, supongo. Protegida de la tormenta.

Esperé tantos años a que la lluvia se detuviera que sin saberlo, aprendí que en medio de esa, cuando se lleva lo que no quieres perder, arrastra lo que creías que era estable y seguro y deja en escombros lo que jamás imaginaste que verías hacerse polvo, puedes sobrevivir. Esa es mi casa.

La casa que sobrevivió.

Y esa soy yo:

La joven que sobrevivió.

La joven que vive.

Hay algo en el paso del agua que es aterrador, porque suelto el caudal puede llevárselo todo, pero unas gotas después de cierta edad aprendes a agradecerlas. Hoy está lloviendo y mi mamá lo agradece. Está lloviendo en lo inmaterial también, y no, no lo agradecemos de entrada, pero nos sabemos protegidos.

Ese refugio de la tormenta significa exactamente eso, que aún si el caudal fuera suelto, por la razón que fuese, y con él los vientos, aún ahí habría vida en medio. Y he ahí la Esperanza.

Ha habido tantas lluvias este año, que nadie es el mismo del octubre anterior… pero de alguna manera sé que no es como la vez de los escombros… y que aún esa no la entendía como realmente es; probablemente ni siquiera hoy lo hago del todo.

Hay dos cosas que se parecen en la adoración y en la rendición absoluta:

En ambas te encuentras de rodillas, y al nivel de la desesperación, la altura a la que levantas los brazos. Tal vez son lo mismo, el adorar que el humillarte delante de Dios… rendirte, entregarlo todo, hasta tu valentía misma, tus fuerzas, delante del trono del Padre.

Ahí, es donde resistimos al diablo.

Y ahí, es donde ese tendrá que huir.

¿Por qué?

Porque el acceso a esa habitación del trono no lo tienen las tinieblas para encontrar pronto y seguro refugio, para acceder y ser redimidas, eso es porción para nosotros, los hijos. Por eso somos rescatados y refugiados cada vez. Y entonces deja uno de temerle tanto a la tormenta, porque es solamente agua, viento… agua que también debe honor y obediencia a su Creador. El récord que tengo al alcance de mi memoria inmediata es ese, a Jesús dormido en la barca que estaba en la tormenta, sus discípulos despertándolo porque perecían, y a Él calmando los vientos y las olas. Por eso hablo tanto de Esperanza, porque un día creí que la tormenta me iba a matar y Él calmó los vientos y las olas con todo y que el agua regresa a ratos así como sus aliados tormentosos. Ya no les temo igual, supongo. Y por esto agradezco la lluvia cuando la veo venir y me hace feliz… con todo y que sé que no significa para otros lo que hoy hace para mí.

Viento. Agua. Truenos.

Ya entendí, la tormenta es el conjunto de todos esos elementos que hacen que uno crea que va a morir.

Y Cristo es el único que tiene toda la autoridad para hablarle y que esta cese… y salvarnos.

Cuidaréis de poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis, y seáis multiplicados, y entréis a poseer la tierra que juró Jehová dar a vuestros padres.

Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, apara humillarte, para ponerte a prueba, para saber lo que estaba en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos.

Y te humilló, y te hizo sufrir hambre y te sustentó con amanácomida que tú no conocías, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no solo de bpan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.

Deuteronomio 8:1-3

Espero en Él para ese día que está cerca, casi encima de nosotros, en el que yo vea establecido más de eso hablado, que mi casa que llegué a ver en escombros, la casa de los escombros, ha sido llamada ahora la casa que vive.

La casa que vive.

Si cuando oía esas canciones me hubiesen dicho que todo terminaría como hoy lo veo, no habría podido creerles. Pero hoy lo hago, hoy, ahí rendida en el suelo le pregunto al Padre una y otra vez si esto es todo… “de la talla de la mejoría viene la siguiente tormenta,” lo escribí en Vivos, mi segundo libro, y sí, algo de razón tenía… pero ahora sé que de la talla de la tormenta viene también el poder de la mano extendida de Quien nos sostiene. Que si Él no nos habla vida, ni siquiera el mejor médico, o la ausencia de tormentas, nos podrían hacer vivir. Que si Él no presta el aliento que hasta hoy ha hecho, nadie, ni nosotros mismos, podría alargar nuestra propia vida o la de los demás medio centímetro.

Y entonces sé que un día podré dormir en este refugio como Él lo hacía. Si nunca suelta mi mano derecha; la eternamente ocupada por Él. La que le di para siempre, con todo y que soy suya completa.

Como mi casa.

Y delante de su trono, esperamos en Él.

Esta es mi Esperanza Eterna:

Que no importan las vueltas, las mejorías o las caídas, los truenos, el viento y el agua… solamente importa el decirle “¿qué hablas Tú sobre esto?” y oírlo contestar. Y verlo actuar.

Y que ensanche tu corazón para amarlo aún ahí, más y más, para un día poder decir, “Ah, si no creyere que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes. Esfuérzate y aliéntese tu corazón, sí, espera a Jehová.”

-SFTS


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