¿Qué tanto podemos aferrarnos a la idea de una persona, con todo y que en la realidad nada existe… y lo que hay podría hacernos daño?
Hasta nunca querer dejarlos ir.
Uno de los temas que más oscuridad carga consigo, es el “amor”, que yo no puedo llamar así… sino solamente romance y todo lo que le rodea. Y es un muy buen ejemplo para aprender a ver cómo todo tiene un trasfondo espiritual, que ese es el ámbito real, más allá de lo físico. De lo ahí aprendido podríamos solamente ver el resto de “departamentos de lo humano”, y analizarlos bajo la misma lente hasta encontrarles la oscuridad diseñada a la medida de cada uno para acabarnos. ¿Cuáles departamentos de lo humano? Pues todo lo que como seres humanos nos da una semblanza de sentido, todo lo que buscamos para sentir que no todo es inútil… que hay remedio en esta existencia, eso que en nuestro caso específico, nos despierta por la mañana y nos da la fuerza para pasar el día; las cosas materiales, el entretenimiento, el estilo de vida, la salud, el romance, la amistad, las necesidades, la economía, la religión, el éxito laboral o el hacer carrera y el respectivo desfogue que todo ello necesite… cualquier cosa que a nuestros ojos nos dignifique, nos de un honor, algo más que los demás… que nos saque adelante.
Me había enamorado antes de él.
De maneras muy infantiles, muy efímeras, hoy puedo notar la diferencia. Si alguno de aquellos “flechazos” adolescentes se veía venir a lo lejos, yo salía corriendo, lo que supongo que delataba de alguna manera mi gusto por ellos; si se acercaba, yo ya estaba fuera de su alcance. Supongo que era más la emoción del tema que todo lo demás. Siempre escapé. Llegué como hasta los 17 años así, y después empecé a dejar el tema por la paz; por niño que me llamaba la atención recibía los corazones rotos de mi aventura platónica anterior y los nuevos. No tardé mucho en darme cuenta de que no me tocaría ser de esas niñas que todas queremos ser a cierta edad… la que le gusta a todos, la que todos eligen, a la que todos le quieren dar globos el catorce de febrero, o al menos la mano cualquier día en medio. Con eso en mente, acabé la preparatoria y entré a la universidad. Para ese tiempo me había convertido en una persona que hacía todo lo posible para estar adecuada todo el tiempo, con los elementos indeseados que tenía a mi alcance. Cuando llegaba a los lugares intentaba no llamar la atención a mi persona en lo absoluto, llegaba temprano, no me movía, no hacía ruido (era como un pecado cada noche cuando volvía a casa si me cachaba cayendo en cuenta de que en alguna clase había echado relajo) y si podía no haber mirado a nadie… lo habría hecho. El problema es que… al menos a mí me pasó durante mucho tiempo… tanto que mentiría si dijera que tiene mucho que no lo hago, a lugar nuevo que llegaba lo hacía con expectativas de al fin encontrar al que no me iba a rechazar… tenía claro que no había mucho que ofrecer en muchos departamentos pero de pronto… guardaba la esperanza de que alguien llegaría que vería detrás de todo ello para encontrarme a mí, y me elegiría.
No será novedad entonces confesar el hecho de que, aunque tenía presentes todas mis “incapacidades” como ser humano, físicas y emocionales, yo había llegado a la universidad con expectativas de que lo que había sido en el pasado, dejara de ser al fin. Al fin tenía que estar por llegar mi tiempo…
Habían corrido los primeros minutos de la clase y en silencio, sentada hasta la pared de atrás, ya había observado a todo mi grupo. El que mi corazón buscaba no parecía presente, nada saltaba a mi atención del entorno. Las pocas veces en las que me había enamorado antes iban así, nadie me llamaba la atención hasta que algo específico en algún compañero me hacía pensar que tal vez ese cabía en lo que siempre he buscado… esperado. Por supuesto que una cosa entiendo hoy, y es que parecerse, o caber en el lugar de algo, no significa que tengas delante de ti la pieza adecuada.
La puerta se abrió en lo que yo me habría dicho que era lo suficientemente tarde como para mejor no entrar a la clase, para que nadie me viera y menos llegando tarde. Pero él no era yo. Entrando, lo vi y corriendo bajé la mirada; la atención que menos querría sobre mí, ahora sería la suya. Una cosa es no gustarle a nadie, pero yo no solamente he conocido eso, sino el desdén que muchos jóvenes pueden dejar ver cuando la niña en cuestión no solamente no es perfecta como lo que todos les han enseñado, sino que ni siquiera se acerca a ello. Esos desdenes no tendría que haberlos sufrido si tan solo en ese tiempo hubiera notado que el hecho de maltratar a alguien a quien le llamas la atención habla tanto de tu fealdad interna, que cualquier acierto físico que por pura suerte te ha tocado un día no será suficiente. Aún la belleza y la fealdad físicas tienen sus pormenores espirituales, por cierto.
En fin, insegura de mí misma, no quería que el joven que había llegado tarde fuera un problema más para mi corazón y se veía venir a kilómetros con todo y que, como yo lo deseé, ni siquiera se dio cuenta de mi persona en el salón.
El semestre tomó su camino y el tiempo empezó a pasar. Subí, bajé, fui de un lado a otro, hice amigos y después uno a uno fueron desapareciendo, saludaba a mi grupo cada mañana y me despedía cada medio día. Un día llegó él y en mi temor por verlo rechazar mi saludo, lo salté. Aquello fue suficiente para tragarme el resto de nuestro segundo y tercer semestre con él haciendo lo que por temor yo le había enseñado aquél día. Si llegaba al círculo después, yo no me ganaba un saludo. Si era yo la atrasada, por supuesto que sabía ahora defenderme hasta de esas nimiedades, por supuesto que él no ganaba saludo. La gente afuera puede lastimarte hasta que tú los dejas, después de todo. (Menudo problema ha sido toda la maraña de estrategias que fui adquiriendo a lo largo de los años para sobrevivir, para darle un respiro a mi destrozado corazón, para que lo que me habían hecho una, nadie me hiciera dos veces, por cierto.)
“Si un hombre no te saluda es porque no quiere,” le dijo él a una compañera mía a la que le había yo expuesto el supuesto en anónimos y ella había tomado como pretexto para acercarse… si tan solo hubiera sido honesta con ella en ese instante, me habría ahorrado que en su desconocimiento fuera a preguntarle acerca del tema justamente al protagonista de todo ello. Conmigo mirando hacia otro lado mientras lo decía, ahí llegó el sentimiento. La malvada sensación del corazón roto. No había hecho nada, y de cualquier manera he ahí el desdén. Sonriendo políticamente, me removí del risible círculo que habíamos formado a su alrededor al abordarlo. Había habido tres personas, se quedaron ellos dos. Ah, la belleza del huir para salvar tu corazón de las armas ajenas solamente para caer derrotado bajo las propias. Ya para este tiempo es cuando yo confesé en otro post acerca de la oscuridad en mí llegando a su clímax, nada de esto podría estarme haciendo bien sumándolo a todo ello… pero yo no habría podido verlo.
Creo que no pasó mucho tiempo después de eso y los primeros exámenes iniciaron. Yo estaba estudiando con mi amiga y llegó él. Tal vez se le hizo fácil estudiar cerca de dos de las calificaciones más altas, y así lo hizo. Cómo desearía haberme hecho caso, porque eso sí que podía verlo pero… la eterna esperanza de que algo cambiara ató mis pasos, supongo. Lo hacía reír, ¿saben? Si dejaba su postura seria y aterradora de todo el tiempo, lo llegué a hacer reír.
¿Cómo sería conocerlo?, fue todo lo que me dije, y entonces por primera vez en mi vida lo intenté.
No me gusta recordarlo porque hoy noto cómo todo eso que me rodeaba de tiniebla tuvo su parte conmigo ahí, pero servirá un punto, entonces…
Vivíamos cerca, y de pronto todo se hizo de caminos juntos en mi carro cantando, a estudiadas en el campus desde temprano. Utilicé tanto su pluma roja que terminó por regalármela esa clase. Me atreví a sentarme a su lado cuando lo encontré viendo El Señor de los Anillos en su computadora… y me prestó su copia de El Hobbit. De cantar en el auto, llegamos a intercambiar música por mensaje… Pero si observo todo con crudeza hoy, podría agregar: le acomodaba la cercanía, y que mi música le gustara tal vez hacía todo más pasable, tenía que salir bien en las clases y tal vez yo era buena compañera de estudio, qué lata estarle tomando su pluma, tal vez, y pues “se sentó a ver la peli, ya qué,” pero yo no tenía ojos para ver nada más allá, porque compartíamos algo más profundo que todo lo anterior:
Él también había crecido en un hogar roto.
Tal vez para él sí podía ser suficiente. Qué mal hice el día cuando decidí creer ese pensamiento, mal a él y mal a mí.
La no amistad continuó… y entonces cosas empezaron a cambiar, me empecé a alejar. Me sentía pésimo, sabía, sabía, que todo era conveniencia. Pero es que por alguna razón sentía que podía aceptarla si me significaba estar con él aunque fuera un rato. Con todo, tras haber perdido a mis abuelitos a finales del 2016 e inicios del 2017, tuve la fuerza para desaparecer cada que era conveniente y entonces ya no quedaba espacio para intentar ser su amiga. Recuerdo algún reclamo al respecto pero no hice mucho caso aquél día. Soporté así unas semanas pero cuando me pidió el aventón no pude decir que no. Cuando sugirió estudiar juntos porque no trabajaría esa mañana, me pareció bien. Y poco a poco yo caí en el mismo hoyo anterior… todo por atención, supongo.
No sé si empiezan a notar el patrón, uno de oscuridad que me hacía decidir. Normalmente uno dice oscuridad y otro entiende maldad, planes para hacer daño o cosas por el estilo y no es así, esa no es la única cara que la oscuridad tiene, en realidad, puede ser tan brutal como decirte las cosas más hirientes que has escuchado en tu vida y lograr que le creas y quedes atrapado en dolor y desasosiego inquebrantables.
Una cosa real era que, cuando solamente estaba él, siempre pude ver que toda esa tristeza que él también cargaba, el dolor y hasta el enojo, yo podía haberlos atesorado como pocas cosas… si tan solo pudiera quitarlos y verlo vivir… y ahí fue cuando todo se puso mal. No, él realmente no hizo nada, probablemente ni siquiera le fueron claros mis sentimientos, pero yo, empecé a pensar que podía pasar todo el tiempo del mundo a su lado. Que si me fuera permitido, lo habría elegido y que una vida entera me habría sido excelente si me hubieran preguntado. ¿Qué sigue cuando piensas así? No tenía nada que darle realmente, y yo no lo sabía, y él no habría sabido qué hacer conmigo pero de cualquier manera yo había empezado a pensar en las posibilidades de no solamente conocerlo. Tal vez porque era lo más imposible para mí en ese tiempo, lo deseé. Y entonces, la primer oración vulnerable y genuina que había hecho en mi vida con respecto a ese tema:
“Lo elijo a él. Si de eso se tratara,” musité segura, “lo elijo a él.”
Una semblanza de qué tanto lo elegí, podría ser que me fue necesario años más tarde inventar un personaje que cargara su crudeza y frialdad y uno donde yo pudiera depositar todo lo que siempre deseé que él hubiera sido; dos, uno que acaba con la heroína y otro que diera todo por verla viva y él realmente no llegó a ser ninguno. Hubo uno, pero no como yo imaginaba… no tenía idea en ese entonces de lo que escribiría. Pero esto es adelantarse, volvamos.
Fue en séptimo semestre cuando tomé la decisión de hacer mis sentimientos y decisiones notorios. No sé si ya tiré la carta real que le escribí. Y fue aquí, cuando me llegó la respuesta a un año de haber orado.
El sueño empezaba conmigo escuchando a un hombre vestido de los colores mencionados hace dos posts, ese azul grisáceo, oscuro oscuro. Por esto y solamente esto, sospecho de dónde han venido esos sueños; de un lugar muy alto para mí. Aquí El hombre no lleva suéter y playera sino un traje muy elegante. Tampoco le veo bien el rostro pero estoy sentada delante oyéndolo enseñarme algo. En medio de la enseñanza, el pizarrón desaparece de delante de mí y ya no estoy sentada a los pies del hombre que me enseña, no, ahí al frente veo los ojos del joven que elegí. Me sonríe y yo lo hago pero adentro algo no lo hace conmigo… ¿por qué?
La casa en donde estoy se ve minimalista… tal vez hasta elegante, pero la siento fría. Después noto el filtro grisáceo que entinta todo a mi alrededor y el vacío adentro. Lo veo llegar a él, al que elegí, y me vuelve a sonreír; parece nuestra casa. Yo sonrío cada vez menos y me voy a otra habitación… vacía aun. No lo entiendo, lo que falta, ni por qué de pronto me siento… dividida. Y entonces vuelvo al salón de clases y el hombre que me enseña veo delante de mí una vez más. Lo mostrado fue tan largo que no puedo describirlo todo aun hoy, pero sí la sensación con la que vuelvo al salón de clases. Solamente dos veces en mis años hacia la adultez he despertado llorando y esta fue una de esas.
“Lo que pides podría ser hecho, si entregas la carta y sigues con tu plan, todo podría salir como desearías… pero si lo eliges, no voy a poder estar yo,” escucho sentada en la silla, no he despertado, y esto no es un murmullo como antes, “no vas a encontrarme y vas a estar dividida si lo eliges, ¿lo quieres por encima de eso, sin mí?”
Mi corazón se deshizo ese día, ¿saben? no sé cómo explicarlo salvo tal vez aceptando lo ligada que estaba a él realmente, con todo y que no habíamos sido ni buenos amigos. Me sentía haciéndome polvo, pero tenía que decidir y no tardé, sorprendentemente.
“Por supuesto que no,” desperté diciendo, y mi rostro empapado.
*continuará*
-SFTS


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