Es una gran pregunta.
Una que yo me hice miles de veces antes de llegar aquí. Y no la hice solamente así, filosóficamente, mirando al horizonte en un buen día del cual no podía apreciar la belleza, no, sino desasosegada, llorando en medio de la oscuridad de la noche en la cual no podía ver esperanza alguna.
“¿Estás aquí?” Preguntaba a Uno que desde pequeña me habían enseñado que lo sostenía todo… Aquel por quien y para quien todo fue creado, “¡Por favor si estás aquí déjame verte!”
Te necesito.
El silencio que respondía solamente servía para romperme más. Viví años así.
Durante el día, nada funcionaba como debía. Yo lo sabía; donde todos tenían disfrute, yo tenía una triste excusa de distracción. Donde todos veían compañía, yo encontraba solamente a mi incansable soledad. Donde todos lograban avanzar, yo me llenaba de ilusiones y sueños que poco a poco veía desmoronarse sin nada que los detuviera de terminar en el polvo.
Vacía. Me sentía vacía y al mismo tiempo aturdida.
Donde todos vivían, yo albergaba el más profundo dolor… de esos que matan.
Las palabras que llegué a hablarme… los dolores que me auto infringí con tal de sentir algo… todavía siento que mi garganta querría cerrarse tras las memorias, todavía temo a ratos que todo quiera volver; pero no lo hace. Por gracia no lo hace.
Era 2016, el año en el que decidí empezar este blog para nunca nutrirlo, cuando llegué a mi límite de esas noches de llanto y desasosiego. No podía ver la luz en nada, pero así había crecido ya. Estaba acostumbrada. Recuerdo que alguna vez hice un oscuro comentario con respecto a mi existencia, uno de esos que hoy lamento, y alguien me preguntó que por qué siempre decía cosas así… no recuerdo bien qué respondí, pero sí recuerdo que no fue bueno.
¿Sabían que el cuerpo sí que escucha las cosas que le hablamos? Yo he venido a descubrirlo de una manera muy dura… pero cuánto lo agradezco. He intentado dejar de hablar durante años. Lo he intentado como si de alguna manera eso pudiera resarcir mi daño, o arreglarlo.
¿Cómo vuelves a la vida cuando lo único que has aprendido como a la palma de tu mano es acerca de la tristeza que lleva a la muerte?
“No puedo más.” Comencé aquél día… era enero del 2017. El año anterior había arrancado lo poco que quedaba de sentido en mi vida y la de mi familia y sentía que una bomba había sido detonada, todas las piezas estábamos volando en el impulso de la explosión… la duda y la confusión se habían acrecentado tanto que me sentía aterrada ya no solamente de noche, sino a la luz del día. Instantes que tenían que haber sido agradables, ligeros, pasables, se habían tornado en gatillos que me paralizaban completa, física, y mentalmente.
Todos se movían, yo solamente encontraba que mis manos entumecidas preferían rogarle a los pies que avanzaran unos pasos más, si acaso solamente hasta aquel escondite de la universidad donde mi pecho podría recuperar el aliento que había decidido dejarlo.
Todos respiraban, yo quedaba muda en mi escondite.
“¿Dónde estás?” Para esos tiempos así iba la pregunta. Ya no inquiría acerca de si estaba o no, sino dónde. Dónde, porque sabía que tenía que estarlo, por alguna razón, pero no sabía dónde. Con otros podía verlo claramente; aunque hoy no sé si estuve en lo correcto en ese aspecto. “Por favor, ya no soporto más,” eran las escaleras del edificio más apartado, las que albergaban la puerta metálica que dirigía al techo. Me aterraba la noche y para mi pena, justo ahí, aún el día se había convertido en esa.
Una cosa agradezco hoy y esa es la incansable fe de mi mamá. Verán, estoy segura de que si todos los que dicen conocer a Dios… no, mas bien, seguir a Cristo, vivieran firmes en lo que dicen conocer, todo alrededor sería muy diferente. Ella lo hace. Le ha costado todo, pero lo hace. Y entonces yo crecí viéndolo a tal grado que ese día, como cada noche previa en la que me había dormido llorando buscando cómo apagar el dolor y llamando destrozada a una línea que no sabía si respondería o no, no pude hacer salvo volver a llamar.
Justo en ese instante no lloraba, pues eventualmente tendría que bajar a clase. Era más divertido poner Netflix hasta que la sensación era tan insoportable que tenía que guardar el Ipad y esperar temblorosa a tener que salir de ahí para encarar a los demás.
Guardé el Ipad.
Cerré mi bolsa.
Y ahí vino el viento suave que carga palabras de Vida consigo y lo alcancé a oír después de años de preguntas y espera desesperada. Supongo que tuve suerte; Él sostiene mi suerte:
Alguien quedó contigo y nunca te ha dejado.
He buscado muchas cosas en mi vida cosas que en algún punto temprano de la existencia había perdido; un hogar, un motivo para dejar de querer morir y mas bien desear, o elegir, vivir… saber si Cristo, que decía estar con nosotros hasta el fin, en efecto, estaba conmigo. Porque, ¿Cómo era posible que lo estuviera si todo a mi alrededor estaba hecho trizas?
¿Cómo había permitido que todo se derrumbara cuando lo hizo?
¿Cómo podía permitir tanto dolor, una, y otra y otra vez?
Ese día lo recordé, entendí aquello a lo que sabía que se refería con su respuesta, años esperada.
“Entonces necesito que Él haga la obra principal con la que lo presentaste a nosotros,” susurré, poniéndome de pie para ir a clase, de cualquier manera no tenía uso llorar, “necesito consuelo. Así lo presentaste, ¿No? ¿El otro Consolador?1“
Todo duele. Por favor, necesito consuelo. Todo duele.
Poco entendía yo que justo ahí, la petición había quedado hecha, y la pregunta poco a poco comenzó a crecer del ¿Dónde estás? al “Te necesito.”
Te necesito.
Supongo que ahí es donde comenzó a amanecer en mi mirada, justo ahí, mis ojos empezaron a ser abiertos… pero me quedaba mucho camino por recorrer.
Justo ahí, inició un sendero que yo no sabía, ni conocía, pero que hoy sé apuntaba hacia la Esperanza Eterna.
*continuará*
-SFTS
Referencias:
1 S. Juan 14:15-17, 26


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