2. Abrir los ojos
Cuando entregas esas ligaduras que te atan secretamente todavía a la oscuridad, a la muerte, empiezas a ver muchas cosas de manera diferente… poco a poco.
Cuando volví a ver el árbol naranja, mi atención fue llevada a algo:
¿Ves el hoyo?
Y entonces me subí a mi habitación pensativa…
Tiene unas ramitas que nunca han vuelto a crecer igual en una parte, pero como tal, el hoyo ya no está. Le tomó años sanar y ramas se han vuelto a quebrar ahí mismo, pero la copa ya no se ve deforme o incompleta.
Me era inevitable entonces voltear a esos tiempos, que poco a poco voy olvidando, y después a estos. Tengo que confesar que estoy en un punto de mi vida donde no puedo pensar más en el futuro. No quiero decir que me aterra… pero lo hace, de cierta manera. He visto los tiempos avanzar y todo volverse tan precario, que es natural, supongo, como cuando te montas en la barca y decides ir mar adentro. El corazón da un brinquito en ese instante en el que notas que la costa ya está tan lejos que no podrías ya ni brincar de la barca para volver a tierra firme. Ya no hay vuelta atrás. Eso asusta. ¡Por supuesto, porque le temo al que escogí! No sé cómo hacer mucho, no puedo solucionar nada, y dependo cada día más de Él… y me asusta empezar a ver que si Él no hace nada… si deja todo acabar, pues todo acabará y no puedo detenerlo. Mucho como con la rama, pero en una escala mayor. Hay otro secreto con respecto a esto, pero dejaré ese para más adelante.
¿Por qué?
Porque le tengo que dar contexto a la confesión.
¿Cuál contexto?
Pues el de la rama, por supuesto.
Un día quise ser sana, y hoy me veo sana.
Eso lo noté en estas últimas semanas. Algo hay de sustancia ahí que todavía no puedo explicar pero tiene que ver con este abrir de ojos, que… eso que vi tan grave, lo que me rompió a mí, inició una caminata en la que fui vuelta a encender desde las cenizas. Todo a mi alrededor ha sido así.
Como con la rama que un día dejó un espacio que parecía irreparable y después de años el árbol vive, conmigo todo dolía y dejó de hacerlo un día.
Nada podía y un día pude una cosa, al siguiente otra, y de pronto, todo un mar de cosas que antes ni me hubiera imaginado.
Le temía a uno que aflige… y ¿dónde quedó su furor? Realmente no llegó a mí.
No todo es como lo veía.
Me quebré, como la rama, pero las cosas no quedaron en lo que temía.
Supongo que eso debe darme esperanza y valentía con respecto al futuro, que puedo elegir no pensarlo pero no por miedo sino por confianza, por Luz. O pensarlo en Esperanza, porque hoy las cosas tampoco son como las veo… ni como las temo. Ese es el punto de lo visto en mi árbol de peras, sí, se rompió y yo también… pero tanto el árbol como yo hemos visto días después del polvo y las quebraduras.
Entonces tengo que resistir.
Tengo que resistir porque sé más que nunca que el Señor me mira, me oye, y me ama, me ama, me ama.
Y también a ti.
“Que se haga Tu voluntad,” es un enunciado que se pronuncia fácilmente. Vivirlo, por otro lado… es lo más difícil. Pero el asunto es que durante estas dos semanas, así como ha ido bajando la temperatura, mientras nos encaminamos al invierno, me he dado cuenta de que empieza a haber días en los que ya no me encuentro simplemente esperando sanar, ni esperando que algo bueno venga, o ver el bien venidero… me empiezo a encontrar con días en donde todo a mi alrededor se ve de tal manera, que le es inevitable a mi corazón cantar acerca del Bien que está delante de mis ojos. Sí, soy sana ahora, y no solamente físicamente, no ya no estoy esperando para un día estar bien, para un día volver a respirar; puedo volver a respirar de un tiempo para acá, poco a poco… y mejor que antes. Y de pronto todo a mi alrededor, lejos de lo que esperaba, es mejor de lo que deseaba.
No, no sé qué depara el futuro, pero si hago recuento de mi pasado con ojos llenos de Luz y bien abiertos… sé que será bueno, porque he esperado en Uno que es Bueno.
Y en Él sigo esperando.
-SFTS


Leave a comment