“Entonces llamó el nombre de Jehová que con ella hablaba: Tú eres Dios que ve; porque dijo: ¿No he visto también aquí al que me ve?”
Genesis 16:13
De ayer a hoy no he podido quitar cierta imagen de mi mente.
Empieza con el día cuando mi hogar se derrumbó aquí en la tierra, pero sorprendentemente, esta imagen me muestra lo que parece el punto de vista de otro personaje, no el mío que durante años no podía quitarme de encima, el mío, era el día de la tormenta que lo dejó todo en escombros y a mí llorando ahí en medio. Pero este… este, me muestra unas manos masculinas, y después un torso con camiseta azul grisáceo, bien oscuro y suéter del mismo color. Lo veo como tomando unas llaves, analizando alrededor dentro de una cabaña, apagando la luz y saliendo por la puerta. Afuera, en efecto, a lo lejos se aprecia una tormenta.
Después, me veo a mí caminando lejos de los escombros, caminando, caminando, inadvertida de que el que había salido de la cabaña va ahí, silencioso detrás de mí. He tenido sueños en los que alguien me sigue, pero en esos la presencia del que me sigue es aterradora. En esta imagen, cuando volteo y me doy cuenta de que alguien va atrás de mí, no lo reconozco, pero por algún motivo no me asusta.
Continúo caminando y el hombre continúa detrás de mí.
Su presencia es agradable, y su mirada también. No reconozco su cara bien, pero de pronto sospecho quién es.
Creo que lo he visto más veces, utiliza los mismos colores de ropa. Creo.
Es impresionante cuando te llaman a un hogar después de vidas de no haber tenido uno.
La caminata después de los escombros ha sido larga, y como he podido la he intentado resumir en mis posts anteriores. Lo que no había visto hasta hoy, era esa semblanza de cómo podría explicarse lo que pasó del otro lado de la realidad, ese donde estos cuerpos dejan de ser lo principal. Aquí en la tierra, en lo visible, me sentía sola, pero allá, pareciera que yo caminaba y ese hombre me seguía, silencioso al principio. Si me sentaba a llorar, Él lo hacía conmigo, en silencio, dando tiempo a que me calmara para poder hablar.
Cuando preguntaba algo enojada, anotaba la pregunta en la lista de cosas que enseñar.
Cuando pedía, él asentía, sorteando mis peticiones entre prescindibles, por mi propio bien, futuras, o intercambiables a lo que me sería de mayor provecho.
Poco a poco, en la caminata empecé a crecer, y con mi crecimiento, mis decisiones y posibilidades naturalmente se elevaron de nivel. Levantaba rocas del camino que de nada me servían, y él no las quitaba, la mitad del tiempo estaba enojada en su contra; pero de todas maneras no me dejaba. Me empecé a encontrar con una serie de bifurcaciones y desviaciones que de tanto en tanto llamaban mi atención, soñaba en mi corazón que tomando alguna el camino se haría mejor… más de una vez intenté tomarlas y ahí sí me detenía. Puedo verlo tan claramente hoy, tomándome de los hombros y girando la cabeza de un lado a otro, No, indicándolo con los ojos más amables que he visto en mi vida.
Enojada, yo continuaba caminando entonces.
En alguna ocasión ya no me detuvo conforme fuimos avanzando… me dejó decidir.
El camino se comenzó a poner filoso y árido, y sin que me diera cuenta él desaparecía rocas. El peso de las que no soltaba me hizo caer, y raspar mi pie, una cortada profunda. Justo ayer mi hermana contó que de pequeña le gustaba ver un programa del que había aprendido cosas muy interesantes que no ha olvidado hasta hoy, ¿la que recordó? un capítulo que le enseñó que las heridas en los pies son las más graves que podemos tener. Toda la sangre se acumula ahí. Ahí es cuando el hombre me levanta, supongo, esa vieja imagen que recuerdo donde puedo ver su ropa real, la resplandeciente.
Cuando la escena cambia, en sus brazos que ya me pueden bajar para seguir caminando, me veo volteando desolada y desesperada a ver los caminos de otros, que se cruzan con el mío para los peores resultados a mi parecer, y no quiero dejar de verlos. Ya no estoy enojada. Estoy furiosa. En medio de ese bosque con luz de sol y algo de niebla, que lo hace ver de ensueño, Él, toma amorosamente mis hombros otra vez y gira mi rostro al suyo. Niega. Y yo parpadeo un par de lágrimas gruesas y pesadas.
El camino continúa, y no lo veo.
Y es ahí, cuando llego a una cabaña que se asoma en la montaña más agradable de todas las que he visto en mi vida. La cabaña se ve cálida, encendida por dentro, bien luminosa, y de adentro sale un aire hogareño. La puerta se encuentra abierta y presiento que puedo entrar. Afuera, la lluvia y los truenos, pero adentro…
Y supongo que mas o menos entré hace un año, cuando El Hombre empezó a limpiar mis heridas una a una, sin molestarle una sola de todas las que había entrado cargando a su cabaña.
Pasé mi vida sufriendo el haber crecido sin un papá, sin un grupo de amigos que me amara o una familia normal, unida y amorosa, sin darme cuenta de que ese día del derrumbe, Uno más había salido de su morada para encontrarme en el camino y nunca dejarme.
No vista de nadie en la tierra, ni siquiera de los que tenían que haberme visto, fui vista por mi Señor. ¿La prueba? Mi vida entera.
Sí, pasé mi vida sufriendo la ausencia de un papá, y mil abandonos con ochocientos rechazos, pero hoy lo veo… el Real y Verdadero no dejó mi lado jamás y ahora ya no solamente lo busco, sino que lo encuentro hasta en la sopa.
Ahora me ha permitido bajar todas las rocas y olvidar todo lo demás, porque solamente Él importa.
-SFTS


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