Uno pensaría que la guerra es estruendosa; bombas, espadas, flechas, gritos y esfuerzos… pocas llegan a serlo en la realidad. Qué silenciosamente puede uno perder algo y luego un poco más. Qué silencioso es cuando todo cesa y la existencia queda apagada, con todo y que sigues respirando.
Con qué ruido, en cambio, pueden festejar los que asedian y se esfuerzan; hasta la confusión plena.
Quitar la mirada de eso, dejarme corregir para ver correctamente y detener a fin de sanar, me tomó años.
Qué novedad, ¿no? ¿más años? Se van en un parpadear.
De que todo fue cesado a hoy, han sido tres años más.
Al inicio yo lo quería todo, el mundo entero, todo lo bueno que pudiese ser imaginado, yo lo quería.
¿Un negocio exitoso? Lo quería.
¿Amigos? Los quería.
¿Viajes? Los quería.
¿Casarme? Lo quería.
¿Carros? ¿Casas?
Por favor.
Me tocó verlo todo ser concedido a los que festejaban y asediaban, mientras yo quedaba atrapada en medio de una instrucción, un camino que se había convertido en callejón sin salida y dentro de mi propio cuerpo. Cuando la oscuridad ganó al grito de que el amor había ganado al final; yo concordé con ella. Todo había sido tan doloroso ya, sumados los veinticinco años no había visto salvo eso, a todos ganando sobre mi casa, por alguna razón todos esos siempre han tenido la necesidad de hacerlo sobre la mía… su bien implicando nuestro mal. ¿Han conocido de lo que hablo? De todo corazón espero que no.
Que no lleguen a conocer lo que es ver que alguien cercano considere que se encuentra mal por tu culpa y que la manera en la que ese mal se arreglará será imponiéndolo sobre ti; tú mal y ellos bien.
Con esos ojos inicié esos tres años que se cumplen hoy.
Con esas cargas salí a la superficie de una tierra rojiza, árida, filosa y seca.
No lo quería, ¿saben? el pensar así, hoy ya no lo hago, porque pensar así inevitablemente me hacía girar mi mirada enojada y traicionada hacia Dios. Hacia mi Padre Celestial. Me hacía, de entrada y en acuerdo con la oscuridad, pensar en que Él les había permitido hacernos daño otra vez. Entonces Él lo había permitido todo. ¿O no sería que lo había ocasionado? ¿Quién en su sano juicio amaría a gente como nosotros, a quienes el mundo entero había rechazado, enjuiciado, reprobado, o simplemente olvidado cada que había tenido oportunidad?
Sin duda alguna Dios no.
Y esto no era nuevo para mí. Sé pelear con Dios. De noche lo llamaba creciendo, y al no verlo venir, algo dentro de mí se enojaba cada día más y más en contra Suya. No me fue difícil volver a esas sendas. No me fue difícil, como nunca me lo ha sido, el estar de acuerdo con todo lo que la oscuridad hablaba sobre mí. No me fue difícil terminar por creer lo que siempre había sospechado creciendo: que nadie me amaría en la realidad y que todos ellos tenían razón. Era claro que cuidarnos no valía la pena. Cuidarme. Protegerme.
La nunca amada, herida de muerte.
Los gritos de auxilio de mi cuerpo cesaron, cuando mi cuerpo decidió no darlos más sino simplemente rendirse de luchar. Pasé los primeros dos años aterrada de ir al doctor porque sabía mi diagnóstico en mis huesos, y no quería escucharlo. Atrapada dentro de mi cuerpo en episodios dolorosos y confusos, como el agua pasa por las rocas hasta hacerlas polvo, yo llegué al 2022. Pero no nos adelantemos.
Es interesante y doloroso el ver la vida pasar y detenerse al mismo tiempo.
Todos continuaban avanzado, y yo quedé congelada en casa pero de la peor manera posible, literalmente congelada. Dejé de ver gente, de todas maneras nadie me miraba de regreso, dejé de salir, dejé de arreglarme, dejé de buscar cómo mejorar todo porque de cualquier manera nada lograba y nada mejoraba. Perdimos el negocio que mi mamá tan cuidadosamente había trabajado, perdimos todo ingreso económico sustancial, perdimos a la familia… (ojos en el perdimos, porque en realidad lo entregamos todo cuando nos fue pedido.) Nunca pude viajar, nunca pude conocer gente nueva para ver si acaso ahí sí encontraría lo que antes no había hecho, nunca encontré aquél que como en mis sueños me guardaría un lugar a su lado en cada mesa de ahí en adelante, no llegué a ese destino donde mi vida al fin iniciaría, nada, nada, nada quedó.
“¿Y por qué te dejaste hacer eso? Tendrías que haber tomado tu existencia en tus manos.” Me dirías.
“Sí, en medio de los episodios de enfermedad que no cesaban y las consecuencias posteriores,” bromearía yo en fuerte, o tal vez solo para mis adentros, “Estaba obedeciendo a Dios.” Te diría después.
“Pero qué monstruo de dios te has elegido seguir.” Tal vez me contestarías.
La realidad era que lo poco que podía haber controlado, era el salir o no y desde antes de que esos tres años iniciaran yo ya no lo hacía. Era demasiado trabajo hacerlo, demasiado dolor. Hoy sé que ese dolor era a causa de un constante rechazo que me ha seguido a todos lados, cosa usualmente permitida por Dios, sí, para hacernos sufrir y sufrir. Claro que no, sino para protegernos de lugares y muchas veces de personas. Él lo sabe todo, y la realidad es que nosotros no nos imaginamos siquiera de lo que nos protege cada día si somos de los que lo miran. Estaba tan mal de salud y con la economía tan precaria que no había mucho a dónde ir de donde me encontraba. Hoy agradezco que fue así, porque me fue abierta una ventana que no muchos llegan a conocer, una para sanar.
Cada episodio de enfermedad, amanecía al siguiente día conmigo buscando mis síntomas en internet porque los médicos me habían fallado. Nadie encontraba lo que tenía, y nadie realmente quería buscar. ¿No era obvio? Era mi peso, claramente. Y yo tenía que bajarlo, para sanar. Lástima que cada episodio nuevo me agregaba unos milímetros más o algo parecido y mis fuerzas empezaban a llegar a números rojos.
“Me voy a morir,” resoplé un día de esos, haciendo el recetado ejercicio, con la fuga de vida a todo lo que podía dar, sin aliento, sin poder pensar siquiera, sobre el aparato de ejercicio. Antes de que el mundo empezara a dar vueltas, alcancé a escucharlo.
Aquí la respuesta al por qué me dejé hacer eso, ¿recuerdas que en la publicación anterior puse que buscando a Dios era como menos me sentía morir? Entonces, cuando me ha movido aun contra mi voluntad, aun peleando, yo lo he dejado. Si es mi aliento de vida entonces lejos de Él nada podría llenarme, por eso lo dejo. Y a hoy día es eso lo que me permite vivir, y cómo lo amo. Y aquí uno de los primeros efectos de su haberme cortado de todo:
Cuando el ruido se acaba, cuando las voces de los demás cesan y no queda nada adentro ni alrededor que nos distraiga o que ocasione interferencia, podemos escucharlo a Él mejor. Podemos empezar a verlo.
Ya no solamente buscarlo, sino empezar a encontrarlo todo alrededor.
Ese día pasó eso. No te vas a morir, alcancé a escuchar sobre el aparato, yo te cargo, y tras mis párpados, la tierra que describí arriba; roja, árida, filosa, calurosa y yo ahí tirada mirando una herida en mi pie. Una silueta vestida de blanco se inclinó a levantarme y lo siguiente que pude ver fue mi figura en sus brazos y a Él caminando.
A Él nunca le he pesado.
Continué mis esfuerzos después de eso y continuaron los desaciertos, pero a cada uno, yo podía responder no dejando de respirar. Mas o menos en ese tiempo fue cuando decidí no buscar más médicos. El segundo año terminó en muy mala nota en cuanto a la salud. En cuanto a esperanzas para el futuro y entenderes celestiales también, pero al menos en mi intento de no dejar de respirar, o de no desaparecer en todos los aspectos, si acaso moría en cualquier instante, hubo un milagro, ahora que lo pienso. Estaba muy mal para haberlo podido lograr en mis propias fuerzas:
Dejé tres libros terminados. Después de años para los primeros dos, y en un escaso mes y medio para el tercero.
Así me despedí el 21 de diciembre de 2021, “Necesito sanar, y Tú podrías hacerlo, pero si no quieres… Ya acabé, Papá, ya me puedes llevar.”
*continuará*
-SFTS


Leave a comment