Sheltered from the storm

“Desde el extremo de la tierra clamaré a ti; cuando mi corazón desmayare. Lévame a la roca que es más alta que yo, porque tú has sido mi refugio y torre fuerte delante del enemigo." — Salmo 61:2-3

Sitio oficial de M. Y. Valencia Parroquín


La paz armada inicia

Fueron poco más de dos años los que tomó el preparar el camino para despertarme.

¿Por qué?

Primero había que apagarlo todo y eso fue exactamente lo que sucedió.

No es cosa fácil, el desear vivir, pero en algún punto de esos casi tres años, algo dentro de mí fue cambiado del deseo de partir al deseo de no hacerlo… sin poder encontrar la manera. Los pesos de muerte pueden hacer eso en uno, y entonces, para sacarme del pozo, primero tuvo que bajar alguien a verme y cortar cada una de las ataduras que impedirían la escalada a la superficie.

¿Y qué cortó?

De inicio, en esos años, todas las fuentes de dolor que me rodeaban más fuertes que yo; todas donde señoreaban sus enemigos. El proceso no fue violento sino poco a poco, a fin de que sus palabras y obras, todo lo que eran y lo que implicaban para mí fueran haciéndose nada un paso a la vez.

No, no es poca cosa el querer ver más allá del dolor y la oscuridad, yo no sabía lo que había pedido todos esos años atrás. No lo sabía, y no estaba ni cercana a entenderlo. Pero Quien me escuchó… Él lo sabe todo, y con eso le basta. (Hoy en día a mí también.)

Los días universitarios acabaron, con sus terrores llegando a su clímax pocos meses antes de que yo me graduara… mamá sabe lo que me costó terminar; de la universitaria independiente que había sido al principio ya no quedaba nada, y era mejor cada tarde cuando ella era la que me llevaba y traía, pues con todo y ello, yo dudaba cada día ya estando ahí, acerca de si soportaría o no entrar a clase. Siempre lo hacía, pues me era más importante honrar todos los esfuerzos que se estaban haciendo para pagar los estudios, no podía simplemente echarlo todo por la borda.

Siempre es un gran destino el que nos pintan como futuros graduados, casi nunca llegamos a verlo. Todos los éxitos terrenales son difíciles de adquirir y es muy bajo el porcentaje de los que los encuentran. Si es que lo hacen, porque todo es altamente relativo en cuanto a esos temas. En esos años, como cualquier joven de la edad, yo medía todo como el resto. Si encontraba el trabajo… si encontraba el dinero… si conocía a la gente…

El eterno tal vez.

Tal vez todo sea extraordinario por una sola vez en la vida.

Tal vez termine de encontrar lo que hasta ahora no he hecho.

Tal vez lo vea y entienda todo.

Tal vez todo termine de mejorar.

Tal vez mi vida se arregle.

Tal vez, tal vez, tal vez.

Solamente necesito asentarme en algo, como el resto.

Los meses pasaron, no logré asentarme en nada.

Nada mundanamente aceptable y grandioso, quiero decir. La realidad es que me asenté en lo que hoy estoy segura de que era lo único que me tocaba para ese tiempo, asentarme en una suerte de encomienda con los míos. Y esa, fue difícil, mucho más difícil de lo usual, a veces pienso, pero al mismo tiempo especialmente propicia para comenzar a conocer de manera diferente a Aquél a quien siempre llamaba por las noches, cuando la oscuridad no era tan densa. Y entonces los meses sumaron un año. No había conocido hasta ese punto acerca de la expectativa. Todo había sido lamento en mis años anteriores y ahí estaba, a un año de haberme graduado, llena de expectativas. Ejercicio que en la década anterior me había auto enseñado a evitar, me encontraba inadvertida ejerciendo; ahí estaba yo formando nuevas ilusiones, jugueteando con la idea de nuevos sueños… entreteniendo nuevos anhelos. Para mí, lo que seguía tenía que ser naturalmente lograrlos todos y hacerlo pronto; eran cosas grandiosas.

Tenía que ser pronto porque iba muy atrás comparada con mis “iguales”; siempre he ido muy atrás. Si lograba algo de eso que tanto deseaba, entonces todos verían que haber tomado esas decisiones que habían virado la historia de mi vida en direcciones nunca imaginadas, no habría sido un error.

Naturalmente no logré nada.

Y naturalmente, también, comencé entonces a pensar que todo había sido un error. Cada a Dios, que para ese punto buscaba necesitada cada vez más, había sido un error. Todos, todos tenían que haber sido no.

Lo buscaba hasta en la sopa, cada decisión la ofrecía primero a Él, buscando cómo caminar, porque… honestamente solamente ahí me sentía morir menos, todo lo demás me hacía sentir una fuga de vida de la cual estaba lejos de encontrar la fuente. Podía ser que para ese tiempo ya no lo deseaba, pero no podía quitarme la oscuridad de encima, de pronto, por más que lo intentara. Crecer roto tiene sus precios, supongo, y ahora que quería vivir, no podía hacerlo. No encontraba cómo y de pronto me sentía… no, no me sentía, algo dentro no andaba bien:

Ahora que ya no lo deseaba, me sabía muriendo.

Y no era algo meramente mental, mi cuerpo tenía tiempo pegando gritos de auxilio de tanto en tanto que yo me veía obligada a ignorar, no pudiendo explicarlos. Así lo hice. Un año se hicieron dos, y de pronto, la encomienda con los míos en la que me había asentado llena de dificultades, temores y dolores, de la noche a la mañana tuvo un vistazo a la luz. Un apagado y dificultoso 30 de septiembre del 2019 amaneció a un octubre sobrenatural del mismo año.

“¡Aja! ¡Los años de espera tenían que haber sido para esto! ¡Todo el dolor y todo el miedo no serían para nada!” Me dije en algún momento. “Sabía que no nos dejarías. En un dios así sí puedo creer, que no deja que nos quedemos para siempre tirados en el suelo; que nos deja hacer cosas grandiosas que todos verán.”

Pero la sobrenaturalidad de ese fin de año no tendría el uso que yo en ese instante le había colgado. Esa sobrenaturalidad era mas bien, la despedida de esas tierras paternales y familiares que habíamos conocido para siempre. Estábamos por perderlo todo y Dios… mi Papito y el único que tengo, lo sabía. Nosotros no. No completamente, con todo y que lo sospechábamos.

Esa, y todo lo que tenía que ver con aquella encomienda, eran lo último que cortarnos para cambiar de escena. Y así fue hecho.

Error o no, la encomienda con los míos fue vía de Papá para bendecirnos durante el año siguiente, porque se acercaba mucha oscuridad de nuevo, pero esa no vale lo suficiente para ser más comentada, sino lo que implicaba el ser al fin cortados de todo ello:

El equipo necesario para iniciar la escalada a la superficie nos había sido ceñido.

*continuará*

-SFTS


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